miércoles, 8 de octubre de 2014

Impresionado por Marina Mariasch y Fogwill, esa Argentina de otro Planeta en este.




Cada día que pasa tengo una idea más y más presente, debo fugarme a La Argentina, pudrirme en Buenos Aires, pasear por barrios abiertos entre parques interminables como el de Palermo. Conociendo a poetisas como Marina Mariasch, poetas como Rodolfo Fogwill, amantes perfectas como Martina Valentino. A la que conocí en Córdoba como la diosa del sexo sin compromiso, solo con la Visa del último adiós. Pero merecía la pena, pues no descubrí a una prostituta, solo a un ser humano que sabía hablar y entenderme. Una loquita argentina culta, que me hizo sentirme persona, ser humano, un caminante más del mundo. Hay mujeres de la vida a las que habría que ponerles un monumento por su deliciosa obra social, aguantarme un ratito. Solo charlando descubrí nuevos caminos que en mi país solo forman parte del desierto fantástico, esos locos perdidos. Los que solo ven que algo te pasa, lo que no quieres reconocer, la realidad que solo ellos contemplan y te lo recuerdan a cada momento, sin más diversidad de conversación. Tan aburridos, tan tétricos, tan pesimistas. Personas que viven en sus mundos que son tan reales o más que de las gentes a las que pueden palpar con la yema de sus dedos y no piensan como ellos mismos. De las que reniego como de la peste. Mi España tan viejita, tan atormentada, tan quebrantada. Los amigos que se me pegan como gusanos tristes cansados de morder entre las moreras, hastiados y saciados de toda experiencia. Solo sirven para que me entren ganas de levantarme, para recibir otro cabezazo contra un muro. No aprendo a seleccionar al parásito emocional del ser cándido, que goza de salud empática. Tengo la enfermedad de abrir mis brazos a todo el mundo que se me acerca creyendo que es un virus disfrazado de benévolo, inocuo e inocente. Luego me ofrecen el kínder sorpresa nocivo, y me desespero. Cuando realizo algo que merece la pena, reúno fans que en minutos se me suicidan o se me transforman en vampiros emocionales de salón o en terraza de bar. Creo que en La Argentina seré feliz. Descubriré el Dorado, pues los Bonaerenses están locos dentro de sus otros mundos que los españoles hemos olvidado. La felicidad para ellos, colabora entre ideales nuevos fuera de su sitio, las cosas no están donde deberían encontrarse, por eso tienen su chispa de magia. Si quieres que te vean pelo sobre tu despoblada cabellera, acabaras por dejarles tocar tu melena. Luego te seguirán dando ánimos en tu búsqueda de lo mágico, sin dejar de repetirte que a pesar de tus más de cuarenta años, aun tienes un gran futuro por delante, un mar abierto a la esperanza. Allí encontraré la amistad que tanto ansío, sin tener que viajar a Nunca Jamás. La felicidad quiere ser legítima, la felicidad culmina con un ideal nuevo, la felicidad es una imagen que se construye en el presente con materiales del pasado. Lo malo es que carezcas de recuerdos importantes, de experiencias que te hacen temblar de alegría, para rellenarlo en el tarro de los recuerdos. Tienes que disponer de imágenes que relampaguean desde el interior, las otras solo son malos recuerdos. Hay un poema de Marina Mariasch que acaba de forma que lo transformo con mi falta de ingenio y falsa modestia: “Nací en el 69 y no me sirvió de nada para recrear posturas graciosas, podría haber sido el rey del mambo, pues me siento bien parecido, y me quede en esperpento de feria”. En España me dirán: “Otra vez te estás quejando y escuchando tu vanidad, siempre a ti mismo, el perdedor de siempre” En la argentina dirían: “Soos maravillooso pues sabes soñar…” y nada más. Tengo que morirme en La Argentina, vivir en otro mundo distinto a este, dentro del planeta, pues aun no me dejan escapar de la Galaxia. Allí tendré a gentes que se soportan desde sus mundos paralelos, tener sueños, ilusiones. Disparatarse es sentirse vivo, a la vez que tener el presentimiento que formas parte de un grupo de genios incomprendidos, donde solo en Buenos Aires te aceptarán, tienen muchos, y nunca demasiados…
Una vez vi en una entrevista de Marina Mariach a Rodolfo Fogwill en un parque chino, precioso, supongo que dentro del propio Palermo, y Fogwill le pregunta a Marina:
-        ¿Qué sentís cuando te hablo así?
-        Me recordas a mi papa.
-        ¿Y te cogerías con alguien que se parezca a tu papa?
-        Lo hice.
-        Si. Bueno está bien pero no hay muchos que se parezcan a tu papa que es muy buena persona.
En España Fogwill parecería un pederasta depravado. En La Argentina es una conversación inocente, casi infantil. Para mí es metafísica en estado puro. La diferencia está en que parece que no se les ha corrompido la buena fe que llevan desde la niñez a la madurez, sin convertirse en un saco de piedras del que hay que desprenderse tirando al rio, por el que dirán. Son sencillos a la vez que complicados. Ven en las pequeñas cosas de la vida sentidos despiertos y activos para utilizar. Otros medios que no llegan a la fantasía ilimitada y vulgar, más bien reboza de humor sano, para algunos complicado de comprender si no se es limpio de corazón e inocencia. Escriben lo que sienten, sienten cuando escriben, y lo manifiestan.
En una de las anécdotas de Fogwill, en la guerra de las Maldivas, oyó en su casa desde lo lejos chillar desesperadamente a su madre. Se acerco donde estaba viendo las noticias, llena de la más impetuosa sonrisa y loca de alegría. Le contó que habían hundido un barquito Ingles. Fogwill se fue igual de imperturbable a su despacho donde escribía. Empezó una novela, poniéndole el título de primeras: “Mi mama ha hundido un Destructor”, tuvo mucho éxito y le proporciono la plata suficiente para vivir unos meses a lo grande…
Marina en una de sus poesías deja claro la posición de los actos más humanos y entrañables con otra perspectiva. Por ejemplo, cuando Marina habla del sexo, parece que te cuente como vive ella el momento, pero sin caer en lo chabacano. Lo realza con sentidos y actitudes en una sola frase, algo complicado que se lee y entiende fácilmente. Te deja un universo de lo que puede ser el sexo en una habitación blanca y llena de puertas rojas, como un laberinto llamando al amor puro: “Estábamos desnudos, el uno frente al otro, más que sexo, acabó siendo un bello acontecimiento, donde los sentidos fueron los protagonistas”. Esto a un español no se le ocurre, no puede o no esta capacitado, es más se reiría como si fuera una milonga. Para mí, que tengo que ser un fugitivo de Marte, es poesía que descubre cielos azules como el raso del mar, llenos de agua templada y dulce, la sal se ha evaporado para siempre…Si las mujeres cultivadas argentinas en su gran mayoría son como Marina Mariasch, podría amar desde lo más profundo de mi corazón eternamente a todas las argentinas capaces de ser poesía solo con verlas respirar y hablar…

lunes, 28 de julio de 2014

El olvido habitaba en la memoria




(Inspirado en “La gran ventana de los sueños” en Citas de mi diario de sueños. Rodolfo Fogwill).
Intente guardar en la memoria un número infinito de sueños. Como la naturaleza humana es finita, los fui olvidando casi todos gradualmente. Se perdían uno a uno con lentitud. Desaparecían indefinidos y constantes. Progresivos en una realidad formal. Inundados en la despedida desencantada, ahogada por la propia resaca del desengaño. Sueños pesados y soporíferos, que se evaporaban en pleno letargo. Llamados a sí mismos desde el eco amortiguado de las profundidades del océano. Susurros de sirenas malhumoradas, misterios ocultos en el secreto, sopor envuelto de brumas derivado de la somnolencia más insufrible.
Perseguí a esos sueños tanto tiempo, que olvide que los estaba buscando, pendiente siempre de mi memoria. Llegando a enloquecer, perdiendo incluso el rastro a los años vividos. Vivir consistía en olvidar al destino, los objetivos fraguados por esa marchita y caprichosa neurosis de la memoria. Ansiedad producida al perderme en el tiempo de la inocencia, ante las experiencias desapacibles, caminos llenos de piedras. Recordar en la edad de los ochenta años, habiendo llegado solo a los cuarenta. El paso del tiempo no tiene relojes para mirar, ni brújulas y no perderse, al vagar por las estrellas.
Sucesos programados en los espacios de las conciencias marchitas. Las sombras gruesas y oscuras de los extraños más íntimos me persiguen, espías ocultos en una noche desierta. Fraguas a fuego lento, por el olvido de la conciencia. Quise parar el espacio y los ciclos de esos sueños retenidos. Mantener inmóvil el halo del recuerdo. Ver abriese esa ventana de la razón, reteniendo sus obras inéditas y frescas. La pena busca antojadiza a la incesante evasión del olvido.
Sería capaz de atrapar las fugas de la memoria, pero solo soy un hombre con cerebro algo vago, con poca inteligencia, perezoso desde la indigencia de mis pobres ideas. La debilidad de mis pensamientos carece de la armonía del razonamiento. Amnesia y omisión propicia al extravío. La falta de comprensión en el juicio de la razón, crea los monstruos con rostro propio, constantes en las pesadillas sofocantes y calurosas, productos de la indiferencia. El motivo por el que rebusco sin aliento y con tanto ahínco a los sueños olvidados. Empeñado cerca de la rabieta, para que me proporcionen sostén en un presente no muy lejano. Así tendrá su propio amo ese engendro de las visiones. Arpías ladronas de las ilusiones, caseras envidiosas de sí mismas. Al terminar por el sobresalto, las alucinaciones se pierden en su propia ceguedad, cerrando con candados fuertes y bien forjados, puertas, esas ventanas que escribían solas en el diario de los sueños. Las furias del abismo crean la esclavitud en el olvido de la memoria, hermetiza cualquier salida del cuerpo, de mi propia casa.
Los vientos inoportunos no volverán a robar a la memoria, a un anciano de cuarenta años. Préstamo vigente del hoy mismo, intercambio presente en un ahora reciente, sin poder escaparse para siempre en un mañana sin nombre.
Quiero crear ilusiones originales, que no acaben en un intento de ficción sin reacción opuesta. Que no lleguen a ser la creación de otro, sin intrusos que puedan resoñar mis sueños, sin robos. Serán solo míos, sin violar sus leyes, ni tomar su estilo, sin poder escucharlos, ni rememorarlos. No habrá intrusos narradores. El único valor añadido que se creó natural en mi, será explotado a toda máquina, con la banda sonora de una orquesta de leyenda. La recuperación de mi olvido será relatada en la compañía de mis seres queridos, a la vera de la cama de un hijo que no tuve, pendiente de relatarle su primer cuento, un relato de fabula, a la entrada de sus primeros sueños. Escapándose y fugándose entre el éxtasis de mis más ocultos sentidos. Dedicado a quienes desean escuchar el susurro más intenso de mis sensibilidades, pues la memoria esta en casi todos los que sueñan, olvidan con razón pues es audaz el que repara en sus propias mediocridades, sacando de la memoria la desidia que lleva solo al odio. Recursos inmersos en el rescate de la memoria. Abriendo para siempre la enorme ventana al primer origen, fruto fugaz y posesivo del libre pensamiento, sin sorpresas, sin añadiduras, arrancando sin piedad esas semillas, las segundas partes que cosechaban a ese olvido.
Hoy rescato de los sueños un recuerdo, que ya no es olvido, forma parte más de la memoria, esta fuera incluso del propio cerebro, un bichito propio de la naturaleza del ser humano, vagabundo insoportable, fuera de mí aunque dentro de los pensamientos. Salvando momentos, que quieren volver por si solos. Lazos que se unen entre las machacadas neuronas del pasado, solas evocan minúsculos impulsos eléctricos a la alusión que transforman una determinada entidad, con cuerpo y alma.
Natalia en una argentinita tan sabia e inteligente que sin darse cuenta se transforma en inhumana Una ninfa del deseo, que arranca el fuego venenoso del interior de su momentáneo amante, sin apenas esfuerzo. Un espíritu bueno que se puede infiltrar como un virus y quedarse en tus sueños para siempre. La segunda vez que tome café con Natalia, no sabía si me encontraba con una divinidad o con una alienígena. La fuerza narrativa que posee al contar el más mínimo detalle de un momento cotidiano, se convierte en un acontecimiento sin igual. Puede ser el personaje de un cuento de sirenas, un ser fantástico que habita en las fábulas. Escuchando música, hará que te sientas espectador en una filarmónica de Viena, con una obra del tamaño de Sheherazade, Rimsky – Korsakov. Observaciones que se agradecerán con el paso del tiempo, de una argentina culta, bien formada, atractiva y muy bella, propia del gusto sensual y físico del hombre argentino. Para el español de a pie, machista a la antigua, y algo vulgar, será la jamona con hueso, pero de pata negra. Natalia esta creada para andar con naturalidad por el lujo. Documentadas narraciones con una pizca de paranoia, aunque exquisitas las formas, dudosas teorías sobre su infancia, servicios en cuerpos especiales de seguridad, imaginarias inteligencias secretas, con las que indirectamente a podido tener relación.
Recupero la memoria sin querer, cuando no se desea, como pasa siempre. Me siento auto flagelado, marchitado el tiempo presente se me abalanza al cuello. Debería ser una dicha poder repasar las maravillas de lo que ha merecido la pena ser vivido. Pues de Natalia se puede decir que también entre sus cualidades contribuyeron figuras elegantes e innovadoras, en catálogos de moda, curso estudios de diseño en Roma y Milán. Es una gran observadora de los usos y costumbres sociales en el país que se encuentre, aparte de comprender y desarrollar analíticamente a primera vista el mapa de un rostro, pues es licenciada en psicología. Sabe cinco idiomas, y su nombre de guerra es Martina Valentino, un nombre universal que sabe a espía de cualquier tiempo y época. Quisiera contarle que rescaté de su memoria, sueños que no pasaron, que jamás ocurrieron.
Escuchar las explicaciones sobre sus reflexiones de contenido más secreto, estar cerca para consolarla en sus días tristes cuando se aproxima el invierno, cuando se encuentra tan lejos de su Argentina, son actos que merecerían la pena ser vividos, sentirse como un héroe pues te lo permitirá. Entre sus frases claras y contundentes, se entremezclan inesperados tiempos inciertos, sueños en los que solo ella, cada vez con más fuerza, tiende a reaparecer y reproducir como un espectro del pasado.
En ocasiones me pregunto de cuál sería el motivo que la hiciera salir de su Buenos Aires querido. Cuenta que fue el amor, pero desconfío de esa verdad que no deseo retener en la memoria. Verla en su ambiente sería aprender en un curso intensivo del mundo, plácida en su verdadero estado mental, lleno de ilusiones adolescentes, antojosos gustos del deseo, arranques enrabietados de niña, capricho argentino.
Después de descansar un poco, despertar del viaje, y respirar la mañana Platense, en uno de esos barrios residenciales alejados del centro de la capital, enseguida bajo la cuesta donde está mi cabañita chiquita. Cruzo hacia la esquina de un chalet grandioso, fastuoso, más que pomposo. Desde uno de sus amplios balcones le sirven a Martina el desayuno del olvido. En estos días no me puedo culpar de mi propia ignorancia, pues tengo la enorme dicha de ser de los pocos amantes de pocos días, que han conocido a esas dos intensas e inteligentes mujeres, personalidades ambiguas, unidas en una sola memoria, un mismo recuerdo. Un buen día me contó, mirándome fijamente, frente por frente, en gran magnetismo, lagos verdes que son sus ojos penetrantes, unos relatos biográficos que persigo cada noche. Se harán realidad esos sueños que siempre se escapan, con el sonido de una llamada de teléfono, un despertador, un timbre de una puerta, en fin...
Tardes tomando café, cerca de una alcoba, visualizando un rincón con una ventana pequeñita, una camita generosamente amplia, una pileta limpia y lujosa donde asoma la eternidad del deseo. Natalia nació por accidente en Barcelona, pero la mayor parte de su vida la pasó en su barrio porteño de Belgrano junto al estadio de “Los Millonarios del River Plate”. Siempre me recibe con pasos joviales, aires de ejecutiva, vistiendo para la ocasión un traje blanco, ingenio de obraje y estilo colonial. Siento que ha progresado, ha prosperado de nuevo, siempre superándose a sí misma, descubriendo imperios nuevos, sol naciente para los amantes, que la noche convierte en prisioneros. Pero de la misma forma que entra, se difumina y sale, elegante a paso lento, sonidos de tacones lejanos por el pasillo, arte de magia en el desconsuelo, paso tras paso seguro, firme filo metálico que se clava en el suelo, como puñalada en el corazón que deja huella. Es la ilusión de un ensueño, desde un luminoso y verdoso jardín cuidado, sale segura de sí misma, enardece y aviva a la pasión, llama sagrada de mi olvido con los sueños. Tal vez me encuentre en su memoria como un milagro que amanece, caída que deriva en polvo de estrellas desde el fin del firmamento.
Natalia es la dueña de esta locura, siempre más complicada y original que cualquier intento de la ficción, por eso esta tan implicada en cada uno de sus actos, azucarada y avivada en la lucha del entusiasmo, difícil plan para poder creer sin despertar, al ser tan real el olvido de mi memoria…
(Dedicado desde la más sincera humildad, a un poeta, de un buen poeta, escritor, maestro y sociólogo argentino como Rodolfo Fogwill. Aunque como el mismo autor dijo un día: “sean tan necesarios, los malos poetas”. Gracias doy a los poetas que nos hacen discurrir por senderos recuperables en esperanza, sean buenos o malos. Los que nos inquietan, los que nos hacen fluir libres y ligeros de carga, como elementos salvajes de una corriente de agua viva, limitada por la orilla fronteriza de los sueños. Un viejito sabio en imagen, no tanto en edad, pues murió con 69 años. Un ancianito de rostro, con un joven corazón, que descubrí hace poco y me llenó tanto el interior de su magia escondida y luchada, forjada por su memoria con olvido. Me dejó temblando en mis propios sueños. Escribió una prosa única, original y maravillosa, envuelto siempre en el perfume de los versos. Benditos olvidos los de Fogwill. Vibrantes cigarrillos que chispeaban entre sus dedos, invocando al ingenio y al donaire más sublime de un genio de las palabras, pues era un fumador compulsivo sin reparos. Contemplados y recogidos desde esa cámara mágica que lo capta todo en pocas palabras. En su obra se puede disfrutar de una joya de la literatura argentina más autentica, como esta: “Citas de mi diario de sueños” - “La gran ventana de los sueños”). 

sábado, 26 de julio de 2014

Romy Scheneider




Dicen que una imagen vale más que mil palabras, seguro que es cierto. Hay personas que mueren tan jóvenes y su rostro se les marca como si hayan vivido más de lo que representan. Romy Scheider está dentro de esa categoría. Murió a la temprana edad de los 43 años, pero en sus últimas fotos parece que la vida se le hubiese exprimido hasta las últimas consecuencias, entre las últimas fuerzas, mezcla del sufrimiento y la desolación, inmersa en la locura por los devaneos incomprensibles, que traen las desgracias inesperadas. Romy murió sola en su apartamento de París. No se le practico la autopsia pero se sospecha que pudo morir de una mezcla de alcohol y barbitúricos. Romy Scheider murió el 29 – de mayo – del 1982, desolada probablemente por la muerte accidental de su hijo David en el 81. Solo hay que mirar sus ojos para saber la profundidad que puede haber tenido su intensa vida. Escogí esta foto porque puede estar en la cercanía de lo que pudo ser el final de una gran estrella europea del cine. En ella puede verse como los sentimientos exprimen una existencia, un camino rayando la locura, que se esfuerza en una ilusión natural para seguir viviendo. Romy Scheider refleja en su figura el paso de los años llenos de una personalidad intrigante, donde los sueños se alcanzan tras el impulso de otro cigarrillo, una copa de coñac, un suspiro dentro de un laberinto en una noche llena de estrellas por las que ella misma destella con luz propia. Romy es la niña que sale de la mano de Hitler, o con Martin Bormann en “El nido de las Águilas”. Sus padres lo frecuentaban, ya que fueron un matrimonio de actores Albach – Retty Scheider muy cercano al régimen. Conocida por ser la joven emperatriz Sissi. Una intensidad innata que refleja solo con una mirada las etapas de un presente, lleno de la marca del pasado, brillo espontaneo forjado en un mañana. Un rostro que muestra el estado puro del alma. La vitalidad y la fuerza de un amor deseado, como cuando se la ve junto Alann Delonn. Llegó a los 43 años solo, consiguiendo las metas que se propuso. Con el aura de haber tenido y disfrutado de varias vidas a la vez. La carga de una crónica insuperable, recorrida entre una actividad vital, llena de sucesos realizables que puede llevar igualmente a la frustración, al llegar una desgracia inesperada, algo que se puede convertir en una existencia vacía, sin un hueco visible en el casillero del mañana. La última prueba, una marca difícil de superar. Romy Scheider nos dejo en el cine la imagen bella de una mujer dulce, tierna, llena de ilusiones preadolescentes y realizables. Plasmo el carácter de una dama entregada al romance de un galán, dada y sumisa al amante apuesto, con esa pizca de gallardo y algo canalla tan dado en el cine francés de los setenta. La mujer que nos hacia imaginar a una mosquita muerta, que luego no resultaba serlo tanto. Las mujeres así, llevan al final las riendas de su propia vida, lo malo es que en ocasiones pueden desencadenar entre escalón y escalón de las sombras más oscuras, al propio abismo de la soledad incomprendida, no deseada, a ese abandono de sí mismo. Pero aun así, podemos escoger de Romy Scheider la naturalidad y el deseo de sus expresiones, la rebeldía callada que marcan sus facciones, el ardiente deseo que despierta al amanecer de su cuerpo medio desnudo, como un poema de superación sin apenas preocuparse por lo que cuesta cada impulso, cada suspiro espontaneo, la franqueza y la llaneza de una sonrisa implicada en la continuación de la lucha diaria. Romy ya no existen desgraciadamente mujeres así, con esa afabilidad a la carga, con esa confianza en una postura plasmada en el fotograma tras un trabajo cotidiano, la sencillez de una gran dama del cine, que una mañana de mayo se encontró en un terrible laberinto sin salida. Pero te seguiremos recordando con ese cigarrillo en la mano, con ese celuloide humeante y casi calcinado, lleno de superación. Un rostro cargado e embriagado, con un toque de locura inmerso en las horas, atrapada y perdida sin querer caer en el abrazo abrasivo del tiempo. Amo a las mujeres como Romy Schenider, se te apago la vida muy pronto, pero seguiremos imaginando las expresiones de tu imagen, de una dama grande de su tiempo que nos inundo los corazones de sentimientos en una sonrisa, solo con una mirada pura y natural, lo más grande que nos dejó.

lunes, 9 de junio de 2014

El Hombre de ayer.



Cuando tenía 20 años, no se le podía cantar a una chica de mi edad ciertas cosas. Como: “Sabes que si me abandonas me puedes perder, cuando con cualquier otro chico tú te burlas de mi, y me veras en casa sentado hablando con la pared" Ahora con cuarenta y tantos, tampoco se pueden decir. Estas cosas pasaban en la época de la movida Madrileña y Cordobesa. Los chicos guapos éramos así de tontos. Las chicas de chalet en zona residencial de alto nivel, como “El Brillante”, eran un sueño selectivo y predilecto de la misma vida. Sabina decía: “las chicas ya no quieren ser Princesas”. Pero estas chicas de la yeté set cordobesa, sí que querían ser princesas, que los chicos no fueran sus esclavos, sino los dueños de una plantación Sudista, como en "Lo que el viento se llevo". La chica que era mi amor platónico de chalet al lado del bosque y con “Los cinco hermanos de Kety Esvert”, era inalcanzable para los chicos de barrio. Siempre me identifique con el "Pijo a Parte" de "Tardes con Teresa". Marce tuvo la culpa de todos mis fracasos sentimentales, maldito Marce. Fui un chico muy rarito porque de pequeño leía los comic “Famosas Novelas”, los clásicos, siempre los clásicos. La colección entera me la trague varias veces. El chico del muy deficiente leía mucho. Un chaval calladito y modosito, retraído y encerrado en el interior de novela rosa. Leer tanto de joven, me auto engaño. Las palabras impresas en papel me jugaron una sucia jugarreta, una mala pasada. Quise ir a Hollywood y conocerte en un pub pijín, lleno de niñas puras sangres, como tú, con altos vuelos y la frente muy alta, te llamas Sol por algo nena. En la disco Berlín te conocí. El Cárter que puse en tu muñeca fue lo que te convenció, unos besos y algunas promesas te esclavizaron a mí. Al llegar la mañana el sueño se repito de nuevo y sin ti. Aunque pienso que “no es extraño que tu sigas estando loca por mi”. Como cuando pasas a mi lado en Cruz Conde y me miras enfadada, con el agrio reproche de un ruego por mi parte. Ahora vas con tus gafas de ejecutiva, tan sexy y cara, inalcanzable eternamente. Sabiendo que te gustan los hombres duros, no te contesto, es mi momento nena, hoy soy un extraño que invade tus ratos de angustias, y lo sabes. Eras un volcán en la cama, el deseo opuesto en la normalidad de tu personalidad, por eso, no eras para mí. La niña bien era una loba desbocada cuando los sentidos del deseo invadían todo tu ser. La niña bien, esa caprichosa alterada por la pereza, se transformaba en una barriobajera de patio de vecinos al contra luz.  El hombre que elegiste al final por su apellido, se pasó un día de ser tan duro, siempre al límite de tus arriesgados y caros sueños, nena. Los tiempos cambian y tú muñeca, no pudiste hacerte moderna, estabas fuera de lugar, fuera de sitio. Siempre te tiraron los hombres seguros de sí mismos, luego resultan ser los más peligrosos, nena. Los duros de Espagueti Western con ojos penetrantes y eternos en un primer plano.  La tristeza me invadía al saber que nunca te podría conseguir. Luego paseamos por el bulevar de los sueños rotos. Encontraste una chaquetita vaquera con flecos a lo Búfalo Bill, a la moda entre las veinteañeras pijas de la época, principios de los noventa. Era la chaqueta ideal para una pija diluida en una película del Oeste, con banda sonora del Morricone. Siempre quisiste estar entre hombres sin alma, curtidos por el sol como tu nombre de pila, nena. Se le derramaban los cabellos largos por la chaqueta, rubios, limpios, tan bien cuidados, pero de bote en peluquería cara, “El Brillante”. Para colmo era una gemela a la que si me defraudaba, podía cambiar por otro recipiente igual, pero que no deseara un hombre duro, fuerte y formal. Lo malo es que las gemelas se parecen tanto en todo. Qué pena de 20 años tirados a la basura. Dan las seis sintonizo a los Stone, tiempos de pelo corto militar, viejo blus, queridísimos “Hombres G”, un sonido muy lejano llega a mis oídos, es el ruido de un cerrojo que abre los sentidos, los recuerdos, que se yo, estoy tan solo. Quizás sea solo un sueño más, pero sé nena, que necesito de tu amor. Ojala hayas cambiado, y te gusten ahora los hombres tiernos, dulces, cariñosos y con ganas de dar lo mejor a su chica pija. Sería una bella historia de amor, ¿no crees, nena? ¡Camón! Una noche de verano, en el “Don Juan”, con una copa en la mano y ese viento de la sierra que relaja los sentidos, un tierno abrazo, momentos mágicos. El chico de barrio con sueños de grandeza sigue empeñado en conseguir su estrella. La princesa del deseo vive en un barrio de lujo clandestino. Pasa las mañanas desayunando picatostes con chocolate, cerca de una piscina llena de niños. La rubia pura sangre, centra su mirada en el parque lujoso del fondo. Se le pierde la mirada en la nada. Esboza una sonrisa distraída, perdida en el recuerdo, busca a ese chico de clase media de la FP, que solo quería llevarla a casa en su vez pino blanco. Esta segura ahora que la amó en silencio, como nunca un hombre fuerte, guapo y formal con poder, podría haberla amado nunca. Tiene al hombre que la cuida como a una reina, pues no le falta de nada, pero nada más, sigue faltándole algo, quiere saber que es. Sin la ternura de ese chico que hundía su mirada en su cara, que reflejaba el deseo de querer amarla como a ninguna otra, el chico que en momentos la hacía sentir única en el cosmos. Ahora con el paso de los años, desea encontrarle una tarde de compras en el Corte Inglés. Chocar con el por casualidad. Un deseo sin capricho, una necesidad angustiosa en la noche oscura, sin rebajas para nadie. Ojala vuelva a encontrar a ese chico de mirada triste, súper delgado. ¡Rafa se llama! Sí, ese. Nunca le dijo un piropo, nunca fue galante con ella, si que era guardián de las formas en público, que rabia. Piensa, recuerda, retiene de él su suavidad, el sonido de sus palabras, la devoción que le guardaba, el afecto que ponía, la atención que ofrecía cuando le contaba algo para atraerla. Aquellos locos veintitantos, aquel chico del véspido blanco, ese chaval con problemas de peso y anoréxico, un drogadicto de la vida, un luchador sin armas, que siempre se le puso todo en contra. El que se revelaba a su realidad, aquel chico que hubiese dado todo por una pija bella, por una princesa que llenaba los sitios por donde pisara. Sus tacones lejanos marcaban la diferencia con las demás, viejo blus, como lo fue ella a sus veinte y tan pocos. Piensa y recuerda, la rubia de bote, perdida la mirada para siempre, en un bosque sin salida, ese niño puede darle aun con sus cuarenta y tantos, lo que un día dejo pasar a los veinte. Lo tiene que encontrar, hablar con el, sin darle importancia, esta segurísima de ello, es el chico de ayer, el joven que escribía su nombre sobre un vidrio mojado sin darse cuenta. “Soledad” es el nombre que aun escribe en ese vidrio que lleva dentro como un puñal, dentro de su piel, de sí mismo. Solo espera que cuando se reencuentren en la estación del Sur, cuando ella baje del vagón, con sus tacones de aguja rojos, los que tiene reservados solo para sus ojos, ese chico que la espera, aun la reconozca, que sea para él, la misma chica que retiene del pasado y con tanta pasión como antes. Desea darle unos nuevos besos llenos de pecado para ella, que sean puros para él. Quiere engañarse a si misma pero no desea dañarle más, solo quiere volver a jugar con su encanto, con su belleza, sentirse con veinte años, deseada, admirada, viva de nuevo. Rafa es un buen chico de barrio, un naufrago en su propio laberinto, desde el escritorio de su casa, escribe historias para ella, pensando en ella, la reina de otros mundos, palabras que llevan su nombre, Marisol.…