lunes, 3 de febrero de 2014

Los Hijos del Trabajo y del Obrero.



Arreciaba el frío del norte sobre la explanada frente a los autobuses del partido. Soportábamos como podíamos las gélidas temperaturas, con un simple pijama de a rayas sobre nuestros cuerpos frágiles de once años. Formábamos en fila de a dos frente al muro del colegio, nuevo campo de reeducación, La Salle nº3. Alabando a grito pelado y con el brazo en alto la efigie del suplente hermano Santiago, más conocido entre las filas como “El Pistolero Sanguinario”, ante la frialdad y facilidad de dedo suelto, gatillo ágil, cañón resbaladizo, sobre la nuca de algún niño inocente, y debido a que nuestro verdadero director, Hirohito “El Golosina” un japonés con cara de adolescente inmaduro, se encontraba de permiso, o supervisando la próxima remesa de inadaptados. De fondo se dibujaba en rojo y en medio de cada uno de los estandartes la cruz de hierro. Tenía a mi lado a mi compañero de clase Angelito, unidos a hierro, entre su boca aparecían los cinco dedos de una mano, y dos de la otra, rebosantes de babas. Una vez realizados los actos de honor a nuestro líder, avanzamos hacia aquellos autobuses casi desechos, y destartalados al máximo. Antes de llegar al autobús con la letra G pegada en el parabrisas, pude observar unos segundos a mi amigo Ramón con su pijama casi destrozado y medio congelado de frío, dentro de la jaula de los Ciervos, junto a otros compañeros del departamento de reeducación, últimamente llamado y más conocido por  “La Solución Final”. Me acerque como pude y empujando a mi compañero de esposas y cadenas en los pies, hacia mi amigo que se aferraba a los barrotes de la nueva mazmorra, y le pregunte como pude:
-         ¿Qué coño haces ahí metido, como es que no estás con nosotros?
-         Dicen que soy gitano, a los que me rodean aquí dentro, les acusan de vena distraída, comunistas, inadaptados y demás... – respondió a mi pregunta sin poder acabar la frase, castañeteándole los dientes, tiritando de frío, entre un débil gemido final, con su rostro asustado y triste alcanzo a preguntar por últimas palabras – ¿Vosotros que hacéis tan unidos? ¿A dónde os llevan? ¿Por qué os llevan?
-         Dicen que soy aristócrata y medio tonto, de Angelito, dicen que está del todo, ¿ya sabes?
-         ¡Eh! Vosotros dos volved inmediatamente a la fila – Ordeno a gritos un hermano de La Salle con bata blanca y un brazalete de las S.S en el brazo derecho, con muy malas pulgas.
Nos alejamos de él, hacia el autobús, dije adiós con la expresión que pude transmitir, la que salió de esa mirada triste, hacia mi mejor amigo, mi hermano adoptivo por siempre, mientras nos reincorporábamos a la fila, pude echarle un último vistazo de refilón, una lagrima invadió mi boca y abrasé a Angelito con ánimo, transmitiéndole toda la fuerza que me quedaba para que él no se derrumbara, si acaso su interior percibía algo de toda aquella barbarie que estábamos viviendo.  Si teníamos que esperar un ángel para que se realizara un milagro y la mano de Dios hiciera justicia, entre todo aquel tinglado, no iba a aparecer procedente de los rezos de aquellos hermanos vestidos de blanco. Serían hijos de alguien pero no del Dios que nos enseñaron a amar, ni los hijos que él podría querer.  
Nos tomaron nombre y apellidos antes de entrar al autobús. Al nombrar el mío, me separaron del compañero, y nos dijeron:
-         Ángel, tu al autobús “F”, vas a los baños.
-         Roca, tú al despacho del jefe de estudios, tienen que hacerte un par de preguntas antes de elegir tu destino – agache la cabeza y grite en mi interior aliviado, lo mismo existía alguna posibilidad de alguna recomendación, algún cable movido, sin pensar en Angelito, aun no sabíamos lo de las duchas parasitarias.
Un oficial de la Falange Española, con la esvástica al pecho y con expresión terriblemente orgullosa y altanera me dijo que tomara asiento, enfrente de su escritorio, detrás de la mesa, en la pared, había un hueco rectangular, señalado por el moho, con forma de marco, quizás un cuadro recién quitado. Después del fallecimiento del generalísimo, los nazis tomaron más poder aun en este país, España, satélite del eje del mal, imponiendo sus reglas más que nunca, incluso decorando los despachos con fotos del anciano canciller alemán. Una vez sentado, el oficial de mediana edad, alto, con buena planta y figura, firme y en posición disciplinaria, realizó unas cuantas preguntas, un interrogatorio en toda regla, al principio, luego...
-         ¿Rafael Roca Martínez, verdad?
-         Si, mein fierrer, así es – conteste con la voz entrecortada, asustado y lleno de odio por dentro de las entrañas, con tantas ganas de venganza, como jamás había tenido en mis cortos once años.
-         Sus padres son Rafael Roca y María José Martínez, ¿cierto?
-         Sí señor.
-         Su abuelo materno fue un empresario conocido de Almodóvar del Rio, antes de la guerra civil española, ¿no es así?
-         Así es.
-         Este mismo abuelo es un nieto de un aristócrata y Lord, dueño de unas minas de Pozo Blanco, Puente Genil y alguna población más, ¿es así, verdad? – me limite a asentar afirmativamente con la cabeza.
-         Retrasado aristócrata de tres al cuarto, cuando me dirija a la nada, pronuncie con un “sí señor”, ¿entendido?
-         Sí señor.
-         Bien, mejor. Su abuelo materno tenía en Almodóvar dos cines uno de invierno y otro de verano, varios almacenes que alquilaba a otras empresas. En Córdoba capital era el gerente del hotel “Las cuatro Naciones”, que heredó su señora al ser hija única y esta heredarlo de sus padres, ósea su abuela materna, ¿no?
-         Sí señor.
-         ¿Su padre fue profesor de canto y piano en el conservatorio de Córdoba, y luego administrativo en La Sevillana de electricidad? Tuvo varias compañías de Zarzuela que dirigía el mismo, ¿es correcto?
-         Sí, señor.
-         Por lo visto han llegado a recibir correspondencia de la casa real Británica, en recepciones por visitas de la reina a su país, etc, etc...
-         Sí, señor.
-         Eres un aristócrata y con malos rendimientos académicos. Alguien de lo más inservible para la organización y el rendimiento de la nación, inadecuado para la bendita e hereditaria raza aria, la perfección de la genética en su estado puro...
-         Sí, señor.
-         El hijo del obrero que se hace a sí mismo desde nuestras juventudes, es un Dios comparado con el despojo humano que eres tu Roca.
-         Al nacer no puedes elegir la cuna, señor.
-         En definitiva, un paracito para el pueblo y para la sociedad perfecta que estamos construyendo para dentro de mil años – siguió paseando por el amplio despacho, como si no me hubiese oído – pero lo mismo si le reeducamos dentro de los principios del reino nacional socialista, lo mismo podemos hacer de esta piltrafa, algo productivo para la sociedad, una unidad más para el organismo plural, un eslabón más dentro del todo de la gran nación obrera. Pues no importa de dónde vienes, sino como te haces en valores necesarios para la optima construcción del estado.  El trabajo del obrero al servicio del Estado Nacional Socialista. El sudor de vuestra frente al servicio del canciller, al servicio de nuestra alma fundamental. El hijo del obrero por fin será tan importante como el nacido en la nobleza, por fin se hará justicia.
-         Sí, señor.
-         No le he preguntado estúpido. Estos principios son los que debe aprender por ahora como los más importantes y básicos del socialista  de hoy, el que queremos conseguir a toda costa, ¿comprendido?
-         Comprendido, que diga y disculpe, ¡sí señor!
-         Bien, ¡Froilein! Haga el favor de terminar de tomar los datos de este inadaptado aristócrata inútil por ahora, y una vez terminado, mande a la guardia que se lo lleven, luego desinfecten el despacho antes de que vuelva de almorzar.

domingo, 2 de febrero de 2014

Los 400 golpes de La Salle - Córdoba.



Nuestra historia en los años setenta fue muy parecida a la que retrata “Los 400 golpes”. Hacer productivos a unos sujetos, niños, para un futuro dentro de una sociedad “Nacional Socialista” como aquella, consistía en castigar al ser rebelde, segregar su espíritu, dominarle y en caso contrario eliminar toda aspiración ilusoria natural en un pequeño de seis años. Preferíamos tener en casa a mama que nos dijera con su voz dulce: “¡No pises ahí que he fregado!”, antes que quedarnos en la última fila de la clase, los chicos del final, los acabados y repudiados por la sociedad, los despreciables. En ocasiones sueño que voy en pantaloncitos cortos y la chaquetita de los domingos, fiesta de guardar, corriendo como poseso por la playa del Carmen de Málaga, sin saber porque, pero corriendo libre como un niño salvaje, el loco primitivo delincuente que se escapó de La Salle. Esa España de las sociedades disciplinadas y que despreciaban tanto al hijo del obrero que iba metiendo con ilusión a su hijo en un colegio con aspiraciones de progreso, para que pudiera tener una mejor vida laboral que la suya. Luego esta esa pobre madre que llevaba a su niñito de la mano a la parada del autobús. Aquellos primerizos años de prosperidad de la década de los setenta, cuando los titos volvían de Alemania. Entonces y más que nunca esas mamas se veían rechazadas por las demás señoronas que comenzaban a relacionarse e ilusionarse entre senderos de grandeza. Grandes damas en sus primeros clubs de ciudad para nuevos pudientes, como “La Escudería”, “El club de Hípica”“Miralbaida” etc, etc. Mientras en la espera de la parada del autobús, entre esos corrillos de mamas que se apiñaban en solidaridad enfermiza de su propia clase social, con fondo a cotilleo, daban de lado a la mujer del albañil o clase obrera, el que diga que es mentira o solo fruto de mi imaginación, que me coma el pene y a dos tiempos. Mi padre, un hombre que solo se preocupaba de ir a trabajar todas las mañanas como administrativo de La Sevillana, escuchar por las tardes Zarzuela, pues en su juventud había sido profesor y director del conservatorio de Córdoba, pues llevó una compañía de Zarzuela en la que el participaba como Barítono en la década de los cincuenta en esta ciudad, no tenía tiempo ni para plantearse tonterías de la clase social nacional socialista tan típica de la época, solo dedicaba su tiempo libre en recordar sus giras teatrales y escuchar Opera o Zarzuela. Mi madre, ama de casa, y de familia con carta de invitación de la Reina de Inglaterra para actos de recepción para los descendientes de Lores que se encuentran en otros países que ella visita, vamos que se pone tonta y lo mismo tiene más derecho a ser la estúpida de turno, como decía, si que se juntaba con cualquier madre de algún compañero, sin distinciones de clase alguna, en esa esquina de la calle “El Almendro”, frontera con el Banco Banesto, de donde salían como chinches igualmente, grandes damas de la alta sociedad del barrio Santa Rosa. Recuerdo que mi madre, no solo no tenía problemas en relacionarse con ellas, sino que fue con las que mejores migas hizo. Grandes mujeres y tan humildes como nosotros, mi familia, la única y verdadera diferencia quizás, es que procedía de una familia con cultura y sin cuentos para no dormir, que es lo que había en esa época, mucho cuento y poca cultura. Para colmo, un día triste y muy negro para mí, ese progresista oculto del “Morsa” castigó a uno de esos críos considerados y proveniente de la clase obrera junto a un servidor, una persona que aprecio aun, aunque muy mal pensado, hijo de una de esas madres rechazadas, por cierto más trabajadora y luchadora que ninguna, de las que le retiraban la palabra sin haber hecho nada, la cual conocí, por lo que puedo decir que es una gran persona para mí y sin descubrir el Titanic, aunque ahora me lleguen todos, incluso ese compañero que lo vivió en primera persona con su madre, y le de por pensar que es mentira, sueños míos de La Carlota pues ya les digo que los que tienen mala memoria por muchos sobresalientes que sacaran, y muy triunfadores que sean, que lo que cuento fue así, donde por un lado no llegas, se alcanza por otro, los atajos del cerebro, y lo mío es como un profesor dijo en su día: “Lo tuyo Roca es la memoria de los tontos”. Pero todo es como lo cuento, esos equivocados y de tan mala memoria son solo ellos. Al Morsa se le iluminó ese partisano tan revelador de su interior profundo, e hizo realidad sus propios pensamientos trasnochados, y a quien precisamente no se lo merecía por sus comentarios: El castigo consistía en copiar de un libro de ciencias sociales y naturales, un párrafo no, unas cuantas páginas sobre las hojas cauco formes, y todo tipo de fauna marchita que caía de un árbol, para el día siguiente. Recuerdo que no pude copiarlo todo, me pudo el cansancio pasando del tema. Mi compañero con la mama que no escuchaban en la parada sí que realizo por completo el castigo. Para colmo y desgracia mía pues no podré olvidarlo nunca, llego el Morsa recogiendo la copia con su bigote grandote, caído, manchado y descuidado de siempre y nos dice a los dos mirándome solo a mí: “Esto es increíble el hijo del de clase obrera cumple con sus castigos y el niño bien se echa a dormir. ¿Eso es lo que te enseñan en casa Roca?” Para hacer justicia tengo que decir que el Morsa de los cojones, tenía un tío suyo, que era amigo íntimo de mi Padre, pues los dos habían hecho Zarzuelas en esta ciudad en la década de los cincuenta. Lo mismo se llevaba mal con su tío, pues este le dijo que mirara por mí que era el hijo de su mejor amigo, y lo mismo lo pagaba por ahí, como ya lo tenía todo a favor en ese campo de concentración, solo me faltaba tener y vivir el primer encuentro discriminatorio de los amantes de las clases sociales obreras, tan discriminadas por una sociedad franquista y tan bien reflejadas incluso en las paradas de escuela de un autobús. Lo que me faltaba aun más es que me llegue con el tiempo ese compañero que nunca mire de otra manera y forma, que de un igual y de los mejores amigos que tuve en esa Salle, con la cabecita un poco subida porque el sí que ha conseguido hacerse a sí mismo, porque según pueda pensar las cosas son como solo él las piensa, y con lo enterado que esta de todo parece mentira que no supiera que tuve hasta los catorce años y porque murió mi padre y no podíamos permitírnoslo, un psiquiatra, para mi D. Guillermo a secas, una vez este amigo me dijo: “El que quiere hacerse alguien en esta vida lo consigue, solo tiene que proponérselo”, y ahí mi cruz, eso no siempre es así. Ahora toca a estos, con los que no fueron crueles con ellos, retomar el relevo y no serlo con los que corresponde, solo para hacer justicia, pues yo ni me metí en la droga nunca, ni alquilo cuerpos para mi disfrute sexual, ni he hecho miles de equivocaciones que han hecho otros y si que están muy bien miraditos, es injusto coño, ahora escribo de sobresaliente. (Ahora sí que es, no antes, pero hay que leer bien y con lectura comprensiva, pues va con mala leche hacia el MORSA y su rebelión de las clases interiores e inferiores, siempre luche contra él, siempre luche contra eso. En séptimo me lo encontré, con el yanqui de tutor, ese año me dieron la medalla al mejor compañero en curso de repetidor, no sería tan malo, y hubo venganza de mi parte por esto que cuento. Pero eso son historias para otro día, y nada más. No va en contra del amigo muy fiel a sus propias confabulaciones, pero quien no las tenga que tire la primera piedra, ¿verdad? En la vida pasan cosas muy raras y a algunos les toca el gordo la mierda siempre aunque queramos creer que no pasa, hagamos lo que hagamos por prosperar, que parece que no lo hemos intentado como ellos puñetas, que luego con menos de nada e injustamente se nos escapa que: “yo tengo una vida muy ocupada, tengo un trabajo, tengo pareja, tengo sociedades secretas, mi vida del partido, mi vida en el ayuntamiento, mi vida de piloto de las fuerzas aéreas espaciales o especiales”, pues yo también que la tengo muy ocupada, tengo mucho que escribir y mucho que dar por el culo aun, con un memorión de tonto, que es para perder la cabeza).

lunes, 11 de noviembre de 2013

En la ciudad de los vientos.



 
Introducción.
La lluvia descargaba a borbotones sobre la capota del Cadillac blanco, estacionado en la avenida de las Embajadas, por muchas manos de pintura y cuidados que tuviese daba la sensación de estar acartonado y avejentado por los años, incluso para esa maravilla de automóvil. Miguel Pereira, un hondureño de 28 años, de piel morena y constitución fuerte, esperaba dentro mientras fumaba un cigarrillo a que llegara su esposa. Era un gran día para ellos. Les habían concedido la nacionalidad, el permiso de residencia en los Estados Unidos no significaba un problema, se acabaría el peligro de inmigración, tras cinco años con licencia de trabajo, pendientes de que se lo renovasen en el plazo estipulado por la ley de residencia, lo que significaba andar por la cuerda floja y sin red, el miedo de ser expulsados del país de los sueños había terminado. Marisa Pereira llegó con rostro reluciente, feliz tras la misión cumplida, después de tantos esfuerzos por ser un miembro más de la comunidad, sus proyectos de fundar una familia con derechos plenos empezaban a cumplirse. Al cerrar la puerta del coche miro a Miguel y se le ilumino el rostro de ilusión, las promesas cumplidas, la alegría había llegado a sus vidas, todo estaba resuelto, a pesar de ser un día húmedo era el día más dichoso. Las lágrimas de satisfacción salían de sus ojos verdes, mirada apasionada que trasmitía firmeza, lo más opuesto a ese día triste, cubierto por nubes negras, un mal presagio, pasado por agua torrencial, el aire se respiraba en olor de azufre sulfatado tras la tormenta.
Un Toyota Tundra negro aparcó detrás del Cadillac blanco. Salieron dos hombres, el primero de mediana estatura, el otro de aproximadamente dos metros, encapuchados con un pasa montañas negro que hacía juego con todo su ropaje, jersey polar y pantalones vaqueros oscuros. El que se aproximó a la ventanilla de Miguel sacudió el cristal, los nudillos con puño cerrado golpearon dos veces avisando de que lo abriera. Antes de que le diera tiempo a darse cuenta del peligro y poder reaccionar, Miguel se encontró con una Colt anaconda, calibre 44 magnum a la altura de su frente, dos destellos luminosos salieron del tambor del revólver, en la otra ventanilla ocurrió algo parecido, con la diferencia que el otro encapuchado no avisó, rompió directamente el vidrio con el mango de una Glock 17, la salida del cañón frío de la pistola rozó la frente de Marisa Pereira sin dejarle tiempo a un último suspiro y efectúo un disparo. Se volvieron hacia el Toyota con tranquilidad, sin señal de nerviosismo, daba la sensación de ser profesionales del crimen, de otra manera no podía entenderse que actuaran como si no hubiese pasado nada. Arrancaron el vehículo con la misma calma y se dirigieron al norte de la avenida, cuando un coche patrulla de la ciudad de Chicago y sin alarma de emergencia activada les interceptó obstruyéndoles el paso, detrás surgieron otros dos automóviles que les cortaban la retirada, uno llevaba las insignias federales, el otro era un vehículo de respuesta sin ningún tipo de distintivo.
Al día siguiente salió en prensa a primera plana el asesinato cruel de dos hispanos nacionalizados recientemente. Todos los diarios coincidían en varios aspectos, habían sido liquidados a sangre fría por dos individuos, encapuchados y organizados. Según algunos testigos, los asesinos parecían acostumbrados a actos brutales por su comportamiento tan relajado.
Lo que no contó ese día la prensa del país fue la sorpresa de la policía tras los interrogatorios de los sospechosos, la documentación comprometida de un alto cargo del estado de Illinois, encontrada en el maletero del Tundra y del domicilio de uno de los criminales.
Capitulo 1.
Amaneció de repente en la ciudad de los vientos, sin la luz sonrosada que precede a la salida del sol. Hace dos días que no despunta la aurora por los ventanales del despacho de abogados “Gilbert Begner y asociados”, situado en la planta 99, frontal al área norte del Río Chicago, al final de la avenida Michigan, esta parte en concreto es conocida por “La Milla Magnífica”. Se distribuyen por sus aceras lujosas y exclusivas tiendas pensadas para el turista con cierto nivel adquisitivo, restaurantes ostentosos, hoteles espectaculares, fastuosos, magníficos en su claridad y visión de sus pretensiones, sin olvidarnos de los edificios de oficinas de gran prestigio, como agencias de comunicación, de publicidad, y buffete de abogados.
Gilbert avanzaba por el pasillo que precede al recibidor de la sala de juntas con movimiento animado. Empuñaba el bastón de hierro, de setenta y siete centímetros a modo de estoque, dando cierto vaivén con efecto de zumbido a cada paso que daba. Su aire travieso chocaba con el de un hombre en avanzada edad. De cabellos plateados, ojos enrojecidos y penetrantes. Al llegar al salón de reuniones recordó la mañana húmeda y fría. La brisa avisaba de que pronto llegaría la ventisca típica de los inviernos de esta ciudad. Observó el gran balcón abierto. Allí se hallaba Robert Patterson, distraído ante un conjunto de vistas dignas para el espectáculo. Era su último socio, una buena pieza de engranaje para sus pretensiones, el abogado de moda en todo el Medio Oeste. Aunque Robert había pasado con creces los cuarenta, su físico no le hacía justicia. De imagen descuidada por el sobrepeso, la adicción al tabaco y esa primera copa de coñac que fluctuaba de mano en mano en inquietud maniática a tempranas horas de la mañana, le precipitaban hacia una vejez anticipada. Daba la sensación de estar más angustiado de lo normal, información corporal que interpreto Gilbert a la perfección.
- ¿Un día especialmente complicado Robert? Es un día difícil para el despacho, nos están metiendo en un buen lío desde las altas esferas - el comentario le salió con un tono suave y sutil. Hombre de ingenio agudo, sabía cómo sonsacar una respuesta, obtener siempre lo que se propusiese, cualquier cosa con habilidad y la experiencia de los años.
- Todo empieza a estar confuso a medida que avanza el proceso, como las noticias del día, lo que más me preocupa. El murmullo del populacho llega a todas partes, asesinatos, vandalismo, por no hablar de la ineptitud policial ante la acumulación de los acontecimientos - desde esa altura se dominaba parte de la situación, el escenario se acercaba a la catástrofe, un centro comercial en llamas, circulación atestada de vehículos sin rumbo, un conjunto de imprevistos nada alentadores, el salvajismo se contagiaba por momentos, lo peor, se estaba convirtiendo en algo habitual.
-  Cosa que nos complicará el caso si se alarga demasiado, pues no se llegaría a un estado de emergencia, sino de urgencia.
- En medio del pánico se abolirían ciertas libertades, pudiendo tocar algunos procesos judiciales en interés del estado, lo que nos llevaría a otro tipo de juicio.
- Habría que cambiar parte de la estrategia, mal asunto. Esta noche he recibido una llamada de un viejo amigo que ahora se encuentra en el tribunal supremo, me interesa que esté enterado de todo, estamos jugando con fuego. Pueden afectarnos los acontecimientos, como no tomen un cauce más tranquilo podríamos encontrarnos con sorpresas desagradables - Gilbert conservaba la serenidad disimulada.
Quedaron en silencio observando la ciudad desde las alturas, pensativos a la vez que distantes. Gilbert limpiaba sus gafas. Concentrado en sus preocupaciones. En ocasiones como estas parecía que gozara de todo el tiempo del mundo con movimientos minuciosos aunque exactos para sus propósitos, un estado de alerta interior que lo acompañaría hasta que se aclararan algo las cosas, pues no hacían más que complicarse y este asunto era el más interesante de toda su carrera. La política se había metido de por medio. Aquellos años turbios de su carrera profesional podrían repetirse, la experiencia le estaba avisando del peligro. Al recordarlo, su voz le traicionó, inconsciente un murmullo salió por su boca sin darse cuenta: “¿Es posible que un hombre pueda caer dos veces en la misma piedra? La ambición no descansa nunca, ciega los sentidos, al almacenamiento de la memoria, lo que duerme a la intuición para evitar la repetición de nuestros actos”.
- Robert, cuando se reciban los informes de psicología enviarlos al despacho. Si hay alguna novedad de nuestros detectives quiero estar al día.
- Bien, así lo haré, antes tengo cita con el senador Durbin, me toca preparar el festejo del primer aniversario de los jóvenes inmigrantes.
- El senador Richard Durbin, es duro de pelar, hay más de un interesado en que no se apruebe la ley para la reforma migratoria. Los primeros deberíamos ser nosotros – una expresión maliciosa se reflejó en su rostro.
- Así es, ahora queda la decisión final de La Cámara de Representantes.
Robert Patterson sabía muy bien los miles de dólares en el coste de abogados que suponía para los numerosos inmigrantes, por temor al más mínimo error. Las complicaciones por confusiones en las actas de nacimiento y otros documentos, siempre le correspondían a la mayoría de origen hispano. Robert llevaba una vida demasiado ajetreada, dedicada exclusivamente al trabajo, más de quince años formando parte del partido demócrata junto al senador Durbin. Pertenecía por cuenta propia al comité de jóvenes inmigrantes que se hacían llamar “soñadores”. Los demócratas del medio oeste, sobre todo Illinois, impulsaron la proposición de ley para la reforma migratoria, consiguiendo hace un año la firma de 22 senadores para apoyar la iniciativa Obama.
Gilbert pasó el día entero en su despacho, las horas corrían vertiginosamente entre numerosas causas pendientes, con numeroso personal en nómina de lo más cualificado, debía controlar cada uno de los movimientos, de esta forma, había llegado a lo más alto.
A medio día recibió la llamada de Richard.
- Bien dispara.
- Todo muestra que nuestro prestigioso cliente es un mentiroso compulsivo con delirios. Un caso complicado según como llevemos el rumbo Gilbert.
- ¿Una persona que cree sus propias mentiras realmente miente? ¿Apreciará una realidad distinta?
- En parte es una buena noticia.
- Depende, si el juez declara al acusado fuera de sus facultades mentales habrá juicio nulo. Necesitamos un triunfo, una limpieza de imagen para todos, a la fiscalía puede gustarle, pero la imagen de nuestro cliente quedaría en entredicho. ¿Los resultados de las capacidades mentales coinciden con el primer examen de la detención, Richard?
- Iguales sin patologías importantes.
- Bien aclara con el fiscal que el acusado se sigue declarando inocente y nada de lo que hemos hablado saldrá de aquí.
- Entendido Gilbert, como una tumba. Bueno es la profesión reina de la mentira.
- Ocultar una prueba sabiéndolo es un delito, pero darle la vuelta con sigilo es un arte de la abogacía. Las debilidades de nuestro encausado podemos convertirlas en virtudes. El ingenio se desarrolla llegando a la agudeza del talento según como se manipulen los elementos afines a su causa Richard.
- El fin de la causa justifica los medios.
- No Richard, nuestra causa es siempre una quimera, crear una realidad a nuestro favor sin daños colaterales no es posible en nuestro trabajo. No estamos por encima del bien y del mal, ni somos elegidos para dictar el tipo de moral, queremos el veredicto final del jurado a nuestro favor, lo demás no es de nuestra incumbencia.
Capítulo 2.
El despacho de Gilbert se llenó por las sombras del ocaso. La habitación se componía de un conjunto de estanterías recargadas por libros de derecho y alguna que otra novela de aventuras. La válvula de escape para el descanso. Apasionado en sus ratos libres de la lectura, de los clásicos, se implicó desde muy niño en los viajes extraordinarios de Julio Verne, hasta adentrarse en el mundo de la ciencia ficción de H.G. Wells, uno de sus escritores favoritos. También estaba repleto de sillas alrededor de una mesa de reuniones, dos asientos al lado de su escritorio y un sofá amplio pegado a una de las paredes de la sala, algún que otro cuadro de vanguardia y poca cosa más.
Unas horas más tarde la luz amarillenta de la lámpara milenaria y anticuada del escritorio aplomó sus parpados. El tono gris cenizo que producía en contraste con el entorno oscuro de la estancia le empezaba a pasar factura a la vista, más que cansada, agotada. Decidió darle un respiro a su concentración debilitada, los años comenzaban a entorpecer su habilidad al trabajo, los tiempos de descanso le obligaban a parar con más frecuencia de lo deseado. Repasaría su agenda diaria con una de sus empleadas. Teresa Banegas, era una joven recién llegada de Honduras, pero disciplinada, una secretaria eficiente, con gusto y buenas maneras en su trabajo, cosa que era del agrado de Gilbert, partidario de dar una oportunidad a las nuevas generaciones. Teresa entró al despacho con el blog de notas en la mano.
-         ¿Teresa a qué hora tiene cita el senador Deivi Pattinson? – Gilbert le hizo un gesto para que tomara asiento frente a su mesa.
-         Tenía hora para las ocho de esta tarde, pero sin confirmar. Puede que se retrase, tiene un día muy ajetreado pero ha mostrado gran interés por verle hoy sin falta. ¿Parece un asunto de suma importancia?
-         ¡Sí que lo es!
-         En el caso de no poder acudir vendría uno de sus secretarios que se ocupa del tema que tienen que tratar. Es el mensaje que me ha dejado para usted.
-         Estupendo, seguramente nos den las tantas, por lo que puede marcharse a las ocho, no se preocupe, será mejor, así no estaré preocupado por usted.
-         Aquí le dejo la documentación revisada de lo que me pidió esta mañana.
-         Gracias Teresa, estos días que has estado a prueba has sido de gran ayuda. El puesto es tuyo, enhorabuena – la secretaria estuvo a punto de emocionarse. En esos tiempos tener un trabajo fijo para una hispana era un motivo de alegría extrema. Significaba una mejora importante en su calidad de vida, algo de lo que no se suele gozar de su lugar de procedencia.
-         Gracias, señor Gilbert. Esto es una garantía para mi permiso de residencia – Gilber la miró por encima de la montura de sus gafas esbozando una sonrisa, la vio llena de júbilo y gozo, algo que le transmitió desde el inconsciente. Le gustaban las personas agradecidas, con buenas cualidades.
Cuando Teresa termino su jornada, Gilbert decidió salir a la terraza, necesitaba darle una tregua a sus ideas incansables. Una ráfaga de viento gélido le dejó una sensación mustia y marchita dentro de su alma, un mal presagio que estaría a punto de comenzar.
Un destello oscilante tras la puerta corrediza dibujó una imagen conocida, sentada en el sillón de su mesa de trabajo, su propia figura quedó estampada sobre la luna de cristal. Quedó inmóvil durante unos instantes, sorprendido e inquieto. Lentamente salió del letargo. Entro en su despacho alarmado ante tal alucinación. La imagen similar a la suya había desparecido pero en el sofá estaba sentado un desconocido, de actitud tranquila y reposada.
-         ¿Quién es usted? ¿Se puede saber cómo ha entrado, que hace aquí, no le he oído entrar? – Pregunto Gilbert algo desconcertado ante la intromisión de aquel extraño.
-         No se preocupe, observe la puerta abierta y al no encontrar a su secretaria y verlo descansar tomando un poco de aire, decidí que sería mejor no molestarle. Encantado de conocerle soy el secretario del senador Deivi Pattinson – se incorporó y alargó el brazo para estrecharle la mano, de manera atenta – tenía cita con usted a eso de la ocho, por asuntos propios no he podido llegar antes, disculpe.
-         La próxima vez llame, por favor, me ha dado un susto de muerte. Bien empecemos, dígame que mensaje me trae del senador – hizo un gesto para que volviera a tomar asiento en una de las sillas de su escritorio.
-         Es un consejo, el acusado es inocente. Se declarará inocente, no existe nadie que pueda culparlo, es un caso fácil.
-         ¿Pero qué me dice de las declaraciones de los dos autores del crimen?
-         ¿Lograron escapar hace tres días, no es así?
-         Se les puede encontrar.
-         No se preocupe Gilbert, no se les localizará, deje eso en nuestras manos. ¿Me entiende?
-         Creía que venía a proporcionarme información y consejo, pero veo que hay otros intereses en este caso. Habrá que discutirlo, pero necesito saber algo más, algunos matices.
-         Es mejor no hacer muchas preguntas, se lo recomiendo, dejarlo pasar es lo más adecuado.
-         ¿No querrán que nos metamos en un túnel a oscuras, sin saber su profundidad, verdad? En los temas de la justicia eso suele tener consecuencias algo peligrosas.
-         Así es, usted siga esta inspiración, como tal cosa. En cuatro semanas estará todo listo y averiguado, sin problemas. Nuestro hombre saldrá inmune de toda acusación. Hágame caso, es lo mejor para todos, incluso para la marcha del país. No tendrá problemas, usted ocúpese en seguir el proceso como le aconsejamos. 
-         Entiendo – Gilbert hizo una pausa breve esperando respuesta, seguido de un movimiento de observación hacia el secretario, algo empezaba a inquietarle de aquel hombre alto, atractivo y apuesto. Cabello negro perfectamente peinado, trajeado como un alto ejecutivo de empresa. De respuestas rápidas, astutas y despiertas. Un hombre con ingenio, de eso estaba seguro y con cierto acento de la Europa del Este - ¿Señor?
-         Adam Smith.
-         Como el economista y filósofo escocés. Basaba su ideario en el sentido común, espero que usted tenga la misma consideración, haga justicia a su homónimo. Empiezo a sentirme algo viejo para tanta intriga.
-         Nada de enredos. Además, usted tiene cierta edad, pero no es viejo. Una persona empieza a envejecer al sentir que sus metas se cumplen. Las ilusiones aparecen amontonadas. Es entonces cuando se relaja. El paso de los años lo deja vencido. A usted le queda alguna experiencia que descubrir, se ha pasado la vida sin salir de su estudio, con la única finalidad de ver cumplidas sus ambiciones.
-         No se líe tanto. Vaya al grano. ¿Si quiere hablemos del sentido de la vida, de porque con mi edad, sigo en el tajo o en este mundo?
-         Podríamos hablarlo si quiere – los gestos de Adam Smith aparentaban ser superficiales y algo cargantes.
-         ¡Pero qué diablos le ocurre!
-         Cálmese Gilber, apacigüe sus sentidos. Acaba de respirar aire fresco para serenar sus instintos. ¿Dónde mejor que en la ciudad de los vientos? – hizo un giro con la mano derecha, una radio se encendió, sonó la canción Chicago. La voz, Frank Sinatra, salía clara, en perfecta dicción, como un torrente limpio y fluido de la boca de Adam Smith “Chicago, Chicago, esa ciudad para caminar, Chicago, Chicago. La recorrerás conmigo. La amo. Apuesta tu último dólar a que se te irán las tristezas en Chicago, Chicago, la ciudad que Billy Sunday no logró clausurar”. Pero yo sí que lo haré – por un instante miró fijamente la ciudad, con calma prosiguió, volviéndose y abriendo los brazos, con aire de mofa hacia Gilbert, le guiñó con el ojo izquierdo y prosiguió su número musical – “Vi a un hombre bailar con su esposa, en Chicago, Chicago, mi ciudad natal”. ¿Puede usted decir que le pasó algo tan maravilloso en esta ciudad? – Una carcajada perversa sonó desde muy lejos.