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martes, 24 de marzo de 2015

La Dama.



Eras aun la desconocida de la fiesta. Al lado del estanque la sombra de tu cuerpo temblaba como la luna meciéndose en la corriente del agua. Desprendías la fragancia de las plantas blancas que solo florecen en la noche, en la oscura maraña de las tinieblas, a los compases del estrés que acompañan al movimiento frecuente y agitado, vacilación involuntaria de tu cuerpo frente al mío.
Dibujo con la yema de mis dedos tus labios sin tocarlos. Creo entre el espacio de nuestras bocas los labios que deseo, como un pincel húmedo sombreo la orilla dentro de sus bordes rosados. Los límites del deseo se encienden en alarma incesante y consigo besarte. Entonces mis manos acarician y se pierden entre la profundidad de esos cabellos negros, siempre sin contacto solo con el deseo.
Sin conocerte, siendo la primera vez que te encuentro sé que te deseo porque eres inalcanzable, porque no eres mía, ni la sangre me llama a quererte, solo a poseerte en este momento, pues reconozco que me atormentaría mucho que me ames.
Creas deseo solo por estar al otro lado de las sombras, más allá de lo que mi mano alcance jamás. Me invitas a dar el último salto hacia el abismo. Cobarde rechazo la entrega de esa ilusión. Sería dar el paso hacia la nada, pues no te alcanzaría jamás. No paso de tu sonrisa, pues tus carcajadas se me clavan humillantes al igual que un puñal traicionero penetra en la espalda.
Tu amor no se puede elegir porque cada día cambia y se transforma en una dama diferente. Juegas a inventarte a ti misma dentro de una espiral estremecedora volviendo a las contradicciones personalizadas, amor y cólera, placer y coraje a la hora del juego puro, pesadilla sin reglas que invade mis sueños en directo fuego hacia las tinieblas.
Contienes tu cuerpo desnudo oculto en capa negra, frente a mí, escondida en la noche, al lado del agua ondulante que te protege siempre, con la única luz de la luna, esa señal que dejas para que siga el nuevo sendero que marcas tras el ocaso solo para ser encontrada.
La tensión se transmite en el temblor delicado de ese cuerpo hermoso, algún misterio incomunicado que el presente exige, una rabia insaciable que desea incorporarse y expandirse como un virus malicioso entre las cloacas del mundo.
Aquella figura tan atrayente y misteriosa comenzó a recordar lo que necesitaba pensar, y le tenían prohibido evocar. Sentí la fuerza necesaria para acercarme del todo a ella y besar sus labios, como una necesidad imperante que se había instalado impostora en lo más adentro de mis deseos.
Era la necesidad de querer besar a la desconocida del manto oscuro, la que invocaba encantos misteriosos y se colaba cada noche en mis sueños indescifrables.
Entré en su juego sin saber a lo que me exponía. Se mostró entonces tal como era, una bestia enfadada y frenéticamente encolerizada. Se hizo dueña de mi alma. Sus bellos ojos se perdieron en el vacío blanco de la nada. Sus manos se retorcieron hacia adentro en finas garras, arrancando mi tiempo con uñas afiladas.
Soltó un chillido afilado y ensordecedor. Aquella bestia me desgarraba la piel. Poco a poco, lentamente, iba devorando mis entrañas. Interminable pesadilla que se perpetuó por los siglos de los siglos.
Fui el nuevo amante eterno de aquella desconocida, caí en las garras de la mentira. La dama de las tinieblas me había conseguido sin esfuerzo, quemándome por siempre en el averno de los sueños interminables.

lunes, 9 de junio de 2014

El Hombre de ayer.



Cuando tenía 20 años, no se le podía cantar a una chica de mi edad ciertas cosas. Como: “Sabes que si me abandonas me puedes perder, cuando con cualquier otro chico tú te burlas de mi, y me veras en casa sentado hablando con la pared" Ahora con cuarenta y tantos, tampoco se pueden decir. Estas cosas pasaban en la época de la movida Madrileña y Cordobesa. Los chicos guapos éramos así de tontos. Las chicas de chalet en zona residencial de alto nivel, como “El Brillante”, eran un sueño selectivo y predilecto de la misma vida. Sabina decía: “las chicas ya no quieren ser Princesas”. Pero estas chicas de la yeté set cordobesa, sí que querían ser princesas, que los chicos no fueran sus esclavos, sino los dueños de una plantación Sudista, como en "Lo que el viento se llevo". La chica que era mi amor platónico de chalet al lado del bosque y con “Los cinco hermanos de Kety Esvert”, era inalcanzable para los chicos de barrio. Siempre me identifique con el "Pijo a Parte" de "Tardes con Teresa". Marce tuvo la culpa de todos mis fracasos sentimentales, maldito Marce. Fui un chico muy rarito porque de pequeño leía los comic “Famosas Novelas”, los clásicos, siempre los clásicos. La colección entera me la trague varias veces. El chico del muy deficiente leía mucho. Un chaval calladito y modosito, retraído y encerrado en el interior de novela rosa. Leer tanto de joven, me auto engaño. Las palabras impresas en papel me jugaron una sucia jugarreta, una mala pasada. Quise ir a Hollywood y conocerte en un pub pijín, lleno de niñas puras sangres, como tú, con altos vuelos y la frente muy alta, te llamas Sol por algo nena. En la disco Berlín te conocí. El Cárter que puse en tu muñeca fue lo que te convenció, unos besos y algunas promesas te esclavizaron a mí. Al llegar la mañana el sueño se repito de nuevo y sin ti. Aunque pienso que “no es extraño que tu sigas estando loca por mi”. Como cuando pasas a mi lado en Cruz Conde y me miras enfadada, con el agrio reproche de un ruego por mi parte. Ahora vas con tus gafas de ejecutiva, tan sexy y cara, inalcanzable eternamente. Sabiendo que te gustan los hombres duros, no te contesto, es mi momento nena, hoy soy un extraño que invade tus ratos de angustias, y lo sabes. Eras un volcán en la cama, el deseo opuesto en la normalidad de tu personalidad, por eso, no eras para mí. La niña bien era una loba desbocada cuando los sentidos del deseo invadían todo tu ser. La niña bien, esa caprichosa alterada por la pereza, se transformaba en una barriobajera de patio de vecinos al contra luz.  El hombre que elegiste al final por su apellido, se pasó un día de ser tan duro, siempre al límite de tus arriesgados y caros sueños, nena. Los tiempos cambian y tú muñeca, no pudiste hacerte moderna, estabas fuera de lugar, fuera de sitio. Siempre te tiraron los hombres seguros de sí mismos, luego resultan ser los más peligrosos, nena. Los duros de Espagueti Western con ojos penetrantes y eternos en un primer plano.  La tristeza me invadía al saber que nunca te podría conseguir. Luego paseamos por el bulevar de los sueños rotos. Encontraste una chaquetita vaquera con flecos a lo Búfalo Bill, a la moda entre las veinteañeras pijas de la época, principios de los noventa. Era la chaqueta ideal para una pija diluida en una película del Oeste, con banda sonora del Morricone. Siempre quisiste estar entre hombres sin alma, curtidos por el sol como tu nombre de pila, nena. Se le derramaban los cabellos largos por la chaqueta, rubios, limpios, tan bien cuidados, pero de bote en peluquería cara, “El Brillante”. Para colmo era una gemela a la que si me defraudaba, podía cambiar por otro recipiente igual, pero que no deseara un hombre duro, fuerte y formal. Lo malo es que las gemelas se parecen tanto en todo. Qué pena de 20 años tirados a la basura. Dan las seis sintonizo a los Stone, tiempos de pelo corto militar, viejo blus, queridísimos “Hombres G”, un sonido muy lejano llega a mis oídos, es el ruido de un cerrojo que abre los sentidos, los recuerdos, que se yo, estoy tan solo. Quizás sea solo un sueño más, pero sé nena, que necesito de tu amor. Ojala hayas cambiado, y te gusten ahora los hombres tiernos, dulces, cariñosos y con ganas de dar lo mejor a su chica pija. Sería una bella historia de amor, ¿no crees, nena? ¡Camón! Una noche de verano, en el “Don Juan”, con una copa en la mano y ese viento de la sierra que relaja los sentidos, un tierno abrazo, momentos mágicos. El chico de barrio con sueños de grandeza sigue empeñado en conseguir su estrella. La princesa del deseo vive en un barrio de lujo clandestino. Pasa las mañanas desayunando picatostes con chocolate, cerca de una piscina llena de niños. La rubia pura sangre, centra su mirada en el parque lujoso del fondo. Se le pierde la mirada en la nada. Esboza una sonrisa distraída, perdida en el recuerdo, busca a ese chico de clase media de la FP, que solo quería llevarla a casa en su vez pino blanco. Esta segura ahora que la amó en silencio, como nunca un hombre fuerte, guapo y formal con poder, podría haberla amado nunca. Tiene al hombre que la cuida como a una reina, pues no le falta de nada, pero nada más, sigue faltándole algo, quiere saber que es. Sin la ternura de ese chico que hundía su mirada en su cara, que reflejaba el deseo de querer amarla como a ninguna otra, el chico que en momentos la hacía sentir única en el cosmos. Ahora con el paso de los años, desea encontrarle una tarde de compras en el Corte Inglés. Chocar con el por casualidad. Un deseo sin capricho, una necesidad angustiosa en la noche oscura, sin rebajas para nadie. Ojala vuelva a encontrar a ese chico de mirada triste, súper delgado. ¡Rafa se llama! Sí, ese. Nunca le dijo un piropo, nunca fue galante con ella, si que era guardián de las formas en público, que rabia. Piensa, recuerda, retiene de él su suavidad, el sonido de sus palabras, la devoción que le guardaba, el afecto que ponía, la atención que ofrecía cuando le contaba algo para atraerla. Aquellos locos veintitantos, aquel chico del véspido blanco, ese chaval con problemas de peso y anoréxico, un drogadicto de la vida, un luchador sin armas, que siempre se le puso todo en contra. El que se revelaba a su realidad, aquel chico que hubiese dado todo por una pija bella, por una princesa que llenaba los sitios por donde pisara. Sus tacones lejanos marcaban la diferencia con las demás, viejo blus, como lo fue ella a sus veinte y tan pocos. Piensa y recuerda, la rubia de bote, perdida la mirada para siempre, en un bosque sin salida, ese niño puede darle aun con sus cuarenta y tantos, lo que un día dejo pasar a los veinte. Lo tiene que encontrar, hablar con el, sin darle importancia, esta segurísima de ello, es el chico de ayer, el joven que escribía su nombre sobre un vidrio mojado sin darse cuenta. “Soledad” es el nombre que aun escribe en ese vidrio que lleva dentro como un puñal, dentro de su piel, de sí mismo. Solo espera que cuando se reencuentren en la estación del Sur, cuando ella baje del vagón, con sus tacones de aguja rojos, los que tiene reservados solo para sus ojos, ese chico que la espera, aun la reconozca, que sea para él, la misma chica que retiene del pasado y con tanta pasión como antes. Desea darle unos nuevos besos llenos de pecado para ella, que sean puros para él. Quiere engañarse a si misma pero no desea dañarle más, solo quiere volver a jugar con su encanto, con su belleza, sentirse con veinte años, deseada, admirada, viva de nuevo. Rafa es un buen chico de barrio, un naufrago en su propio laberinto, desde el escritorio de su casa, escribe historias para ella, pensando en ella, la reina de otros mundos, palabras que llevan su nombre, Marisol.…

lunes, 11 de noviembre de 2013

En la ciudad de los vientos.



 
Introducción.
La lluvia descargaba a borbotones sobre la capota del Cadillac blanco, estacionado en la avenida de las Embajadas, por muchas manos de pintura y cuidados que tuviese daba la sensación de estar acartonado y avejentado por los años, incluso para esa maravilla de automóvil. Miguel Pereira, un hondureño de 28 años, de piel morena y constitución fuerte, esperaba dentro mientras fumaba un cigarrillo a que llegara su esposa. Era un gran día para ellos. Les habían concedido la nacionalidad, el permiso de residencia en los Estados Unidos no significaba un problema, se acabaría el peligro de inmigración, tras cinco años con licencia de trabajo, pendientes de que se lo renovasen en el plazo estipulado por la ley de residencia, lo que significaba andar por la cuerda floja y sin red, el miedo de ser expulsados del país de los sueños había terminado. Marisa Pereira llegó con rostro reluciente, feliz tras la misión cumplida, después de tantos esfuerzos por ser un miembro más de la comunidad, sus proyectos de fundar una familia con derechos plenos empezaban a cumplirse. Al cerrar la puerta del coche miro a Miguel y se le ilumino el rostro de ilusión, las promesas cumplidas, la alegría había llegado a sus vidas, todo estaba resuelto, a pesar de ser un día húmedo era el día más dichoso. Las lágrimas de satisfacción salían de sus ojos verdes, mirada apasionada que trasmitía firmeza, lo más opuesto a ese día triste, cubierto por nubes negras, un mal presagio, pasado por agua torrencial, el aire se respiraba en olor de azufre sulfatado tras la tormenta.
Un Toyota Tundra negro aparcó detrás del Cadillac blanco. Salieron dos hombres, el primero de mediana estatura, el otro de aproximadamente dos metros, encapuchados con un pasa montañas negro que hacía juego con todo su ropaje, jersey polar y pantalones vaqueros oscuros. El que se aproximó a la ventanilla de Miguel sacudió el cristal, los nudillos con puño cerrado golpearon dos veces avisando de que lo abriera. Antes de que le diera tiempo a darse cuenta del peligro y poder reaccionar, Miguel se encontró con una Colt anaconda, calibre 44 magnum a la altura de su frente, dos destellos luminosos salieron del tambor del revólver, en la otra ventanilla ocurrió algo parecido, con la diferencia que el otro encapuchado no avisó, rompió directamente el vidrio con el mango de una Glock 17, la salida del cañón frío de la pistola rozó la frente de Marisa Pereira sin dejarle tiempo a un último suspiro y efectúo un disparo. Se volvieron hacia el Toyota con tranquilidad, sin señal de nerviosismo, daba la sensación de ser profesionales del crimen, de otra manera no podía entenderse que actuaran como si no hubiese pasado nada. Arrancaron el vehículo con la misma calma y se dirigieron al norte de la avenida, cuando un coche patrulla de la ciudad de Chicago y sin alarma de emergencia activada les interceptó obstruyéndoles el paso, detrás surgieron otros dos automóviles que les cortaban la retirada, uno llevaba las insignias federales, el otro era un vehículo de respuesta sin ningún tipo de distintivo.
Al día siguiente salió en prensa a primera plana el asesinato cruel de dos hispanos nacionalizados recientemente. Todos los diarios coincidían en varios aspectos, habían sido liquidados a sangre fría por dos individuos, encapuchados y organizados. Según algunos testigos, los asesinos parecían acostumbrados a actos brutales por su comportamiento tan relajado.
Lo que no contó ese día la prensa del país fue la sorpresa de la policía tras los interrogatorios de los sospechosos, la documentación comprometida de un alto cargo del estado de Illinois, encontrada en el maletero del Tundra y del domicilio de uno de los criminales.
Capitulo 1.
Amaneció de repente en la ciudad de los vientos, sin la luz sonrosada que precede a la salida del sol. Hace dos días que no despunta la aurora por los ventanales del despacho de abogados “Gilbert Begner y asociados”, situado en la planta 99, frontal al área norte del Río Chicago, al final de la avenida Michigan, esta parte en concreto es conocida por “La Milla Magnífica”. Se distribuyen por sus aceras lujosas y exclusivas tiendas pensadas para el turista con cierto nivel adquisitivo, restaurantes ostentosos, hoteles espectaculares, fastuosos, magníficos en su claridad y visión de sus pretensiones, sin olvidarnos de los edificios de oficinas de gran prestigio, como agencias de comunicación, de publicidad, y buffete de abogados.
Gilbert avanzaba por el pasillo que precede al recibidor de la sala de juntas con movimiento animado. Empuñaba el bastón de hierro, de setenta y siete centímetros a modo de estoque, dando cierto vaivén con efecto de zumbido a cada paso que daba. Su aire travieso chocaba con el de un hombre en avanzada edad. De cabellos plateados, ojos enrojecidos y penetrantes. Al llegar al salón de reuniones recordó la mañana húmeda y fría. La brisa avisaba de que pronto llegaría la ventisca típica de los inviernos de esta ciudad. Observó el gran balcón abierto. Allí se hallaba Robert Patterson, distraído ante un conjunto de vistas dignas para el espectáculo. Era su último socio, una buena pieza de engranaje para sus pretensiones, el abogado de moda en todo el Medio Oeste. Aunque Robert había pasado con creces los cuarenta, su físico no le hacía justicia. De imagen descuidada por el sobrepeso, la adicción al tabaco y esa primera copa de coñac que fluctuaba de mano en mano en inquietud maniática a tempranas horas de la mañana, le precipitaban hacia una vejez anticipada. Daba la sensación de estar más angustiado de lo normal, información corporal que interpreto Gilbert a la perfección.
- ¿Un día especialmente complicado Robert? Es un día difícil para el despacho, nos están metiendo en un buen lío desde las altas esferas - el comentario le salió con un tono suave y sutil. Hombre de ingenio agudo, sabía cómo sonsacar una respuesta, obtener siempre lo que se propusiese, cualquier cosa con habilidad y la experiencia de los años.
- Todo empieza a estar confuso a medida que avanza el proceso, como las noticias del día, lo que más me preocupa. El murmullo del populacho llega a todas partes, asesinatos, vandalismo, por no hablar de la ineptitud policial ante la acumulación de los acontecimientos - desde esa altura se dominaba parte de la situación, el escenario se acercaba a la catástrofe, un centro comercial en llamas, circulación atestada de vehículos sin rumbo, un conjunto de imprevistos nada alentadores, el salvajismo se contagiaba por momentos, lo peor, se estaba convirtiendo en algo habitual.
-  Cosa que nos complicará el caso si se alarga demasiado, pues no se llegaría a un estado de emergencia, sino de urgencia.
- En medio del pánico se abolirían ciertas libertades, pudiendo tocar algunos procesos judiciales en interés del estado, lo que nos llevaría a otro tipo de juicio.
- Habría que cambiar parte de la estrategia, mal asunto. Esta noche he recibido una llamada de un viejo amigo que ahora se encuentra en el tribunal supremo, me interesa que esté enterado de todo, estamos jugando con fuego. Pueden afectarnos los acontecimientos, como no tomen un cauce más tranquilo podríamos encontrarnos con sorpresas desagradables - Gilbert conservaba la serenidad disimulada.
Quedaron en silencio observando la ciudad desde las alturas, pensativos a la vez que distantes. Gilbert limpiaba sus gafas. Concentrado en sus preocupaciones. En ocasiones como estas parecía que gozara de todo el tiempo del mundo con movimientos minuciosos aunque exactos para sus propósitos, un estado de alerta interior que lo acompañaría hasta que se aclararan algo las cosas, pues no hacían más que complicarse y este asunto era el más interesante de toda su carrera. La política se había metido de por medio. Aquellos años turbios de su carrera profesional podrían repetirse, la experiencia le estaba avisando del peligro. Al recordarlo, su voz le traicionó, inconsciente un murmullo salió por su boca sin darse cuenta: “¿Es posible que un hombre pueda caer dos veces en la misma piedra? La ambición no descansa nunca, ciega los sentidos, al almacenamiento de la memoria, lo que duerme a la intuición para evitar la repetición de nuestros actos”.
- Robert, cuando se reciban los informes de psicología enviarlos al despacho. Si hay alguna novedad de nuestros detectives quiero estar al día.
- Bien, así lo haré, antes tengo cita con el senador Durbin, me toca preparar el festejo del primer aniversario de los jóvenes inmigrantes.
- El senador Richard Durbin, es duro de pelar, hay más de un interesado en que no se apruebe la ley para la reforma migratoria. Los primeros deberíamos ser nosotros – una expresión maliciosa se reflejó en su rostro.
- Así es, ahora queda la decisión final de La Cámara de Representantes.
Robert Patterson sabía muy bien los miles de dólares en el coste de abogados que suponía para los numerosos inmigrantes, por temor al más mínimo error. Las complicaciones por confusiones en las actas de nacimiento y otros documentos, siempre le correspondían a la mayoría de origen hispano. Robert llevaba una vida demasiado ajetreada, dedicada exclusivamente al trabajo, más de quince años formando parte del partido demócrata junto al senador Durbin. Pertenecía por cuenta propia al comité de jóvenes inmigrantes que se hacían llamar “soñadores”. Los demócratas del medio oeste, sobre todo Illinois, impulsaron la proposición de ley para la reforma migratoria, consiguiendo hace un año la firma de 22 senadores para apoyar la iniciativa Obama.
Gilbert pasó el día entero en su despacho, las horas corrían vertiginosamente entre numerosas causas pendientes, con numeroso personal en nómina de lo más cualificado, debía controlar cada uno de los movimientos, de esta forma, había llegado a lo más alto.
A medio día recibió la llamada de Richard.
- Bien dispara.
- Todo muestra que nuestro prestigioso cliente es un mentiroso compulsivo con delirios. Un caso complicado según como llevemos el rumbo Gilbert.
- ¿Una persona que cree sus propias mentiras realmente miente? ¿Apreciará una realidad distinta?
- En parte es una buena noticia.
- Depende, si el juez declara al acusado fuera de sus facultades mentales habrá juicio nulo. Necesitamos un triunfo, una limpieza de imagen para todos, a la fiscalía puede gustarle, pero la imagen de nuestro cliente quedaría en entredicho. ¿Los resultados de las capacidades mentales coinciden con el primer examen de la detención, Richard?
- Iguales sin patologías importantes.
- Bien aclara con el fiscal que el acusado se sigue declarando inocente y nada de lo que hemos hablado saldrá de aquí.
- Entendido Gilbert, como una tumba. Bueno es la profesión reina de la mentira.
- Ocultar una prueba sabiéndolo es un delito, pero darle la vuelta con sigilo es un arte de la abogacía. Las debilidades de nuestro encausado podemos convertirlas en virtudes. El ingenio se desarrolla llegando a la agudeza del talento según como se manipulen los elementos afines a su causa Richard.
- El fin de la causa justifica los medios.
- No Richard, nuestra causa es siempre una quimera, crear una realidad a nuestro favor sin daños colaterales no es posible en nuestro trabajo. No estamos por encima del bien y del mal, ni somos elegidos para dictar el tipo de moral, queremos el veredicto final del jurado a nuestro favor, lo demás no es de nuestra incumbencia.
Capítulo 2.
El despacho de Gilbert se llenó por las sombras del ocaso. La habitación se componía de un conjunto de estanterías recargadas por libros de derecho y alguna que otra novela de aventuras. La válvula de escape para el descanso. Apasionado en sus ratos libres de la lectura, de los clásicos, se implicó desde muy niño en los viajes extraordinarios de Julio Verne, hasta adentrarse en el mundo de la ciencia ficción de H.G. Wells, uno de sus escritores favoritos. También estaba repleto de sillas alrededor de una mesa de reuniones, dos asientos al lado de su escritorio y un sofá amplio pegado a una de las paredes de la sala, algún que otro cuadro de vanguardia y poca cosa más.
Unas horas más tarde la luz amarillenta de la lámpara milenaria y anticuada del escritorio aplomó sus parpados. El tono gris cenizo que producía en contraste con el entorno oscuro de la estancia le empezaba a pasar factura a la vista, más que cansada, agotada. Decidió darle un respiro a su concentración debilitada, los años comenzaban a entorpecer su habilidad al trabajo, los tiempos de descanso le obligaban a parar con más frecuencia de lo deseado. Repasaría su agenda diaria con una de sus empleadas. Teresa Banegas, era una joven recién llegada de Honduras, pero disciplinada, una secretaria eficiente, con gusto y buenas maneras en su trabajo, cosa que era del agrado de Gilbert, partidario de dar una oportunidad a las nuevas generaciones. Teresa entró al despacho con el blog de notas en la mano.
-         ¿Teresa a qué hora tiene cita el senador Deivi Pattinson? – Gilbert le hizo un gesto para que tomara asiento frente a su mesa.
-         Tenía hora para las ocho de esta tarde, pero sin confirmar. Puede que se retrase, tiene un día muy ajetreado pero ha mostrado gran interés por verle hoy sin falta. ¿Parece un asunto de suma importancia?
-         ¡Sí que lo es!
-         En el caso de no poder acudir vendría uno de sus secretarios que se ocupa del tema que tienen que tratar. Es el mensaje que me ha dejado para usted.
-         Estupendo, seguramente nos den las tantas, por lo que puede marcharse a las ocho, no se preocupe, será mejor, así no estaré preocupado por usted.
-         Aquí le dejo la documentación revisada de lo que me pidió esta mañana.
-         Gracias Teresa, estos días que has estado a prueba has sido de gran ayuda. El puesto es tuyo, enhorabuena – la secretaria estuvo a punto de emocionarse. En esos tiempos tener un trabajo fijo para una hispana era un motivo de alegría extrema. Significaba una mejora importante en su calidad de vida, algo de lo que no se suele gozar de su lugar de procedencia.
-         Gracias, señor Gilbert. Esto es una garantía para mi permiso de residencia – Gilber la miró por encima de la montura de sus gafas esbozando una sonrisa, la vio llena de júbilo y gozo, algo que le transmitió desde el inconsciente. Le gustaban las personas agradecidas, con buenas cualidades.
Cuando Teresa termino su jornada, Gilbert decidió salir a la terraza, necesitaba darle una tregua a sus ideas incansables. Una ráfaga de viento gélido le dejó una sensación mustia y marchita dentro de su alma, un mal presagio que estaría a punto de comenzar.
Un destello oscilante tras la puerta corrediza dibujó una imagen conocida, sentada en el sillón de su mesa de trabajo, su propia figura quedó estampada sobre la luna de cristal. Quedó inmóvil durante unos instantes, sorprendido e inquieto. Lentamente salió del letargo. Entro en su despacho alarmado ante tal alucinación. La imagen similar a la suya había desparecido pero en el sofá estaba sentado un desconocido, de actitud tranquila y reposada.
-         ¿Quién es usted? ¿Se puede saber cómo ha entrado, que hace aquí, no le he oído entrar? – Pregunto Gilbert algo desconcertado ante la intromisión de aquel extraño.
-         No se preocupe, observe la puerta abierta y al no encontrar a su secretaria y verlo descansar tomando un poco de aire, decidí que sería mejor no molestarle. Encantado de conocerle soy el secretario del senador Deivi Pattinson – se incorporó y alargó el brazo para estrecharle la mano, de manera atenta – tenía cita con usted a eso de la ocho, por asuntos propios no he podido llegar antes, disculpe.
-         La próxima vez llame, por favor, me ha dado un susto de muerte. Bien empecemos, dígame que mensaje me trae del senador – hizo un gesto para que volviera a tomar asiento en una de las sillas de su escritorio.
-         Es un consejo, el acusado es inocente. Se declarará inocente, no existe nadie que pueda culparlo, es un caso fácil.
-         ¿Pero qué me dice de las declaraciones de los dos autores del crimen?
-         ¿Lograron escapar hace tres días, no es así?
-         Se les puede encontrar.
-         No se preocupe Gilbert, no se les localizará, deje eso en nuestras manos. ¿Me entiende?
-         Creía que venía a proporcionarme información y consejo, pero veo que hay otros intereses en este caso. Habrá que discutirlo, pero necesito saber algo más, algunos matices.
-         Es mejor no hacer muchas preguntas, se lo recomiendo, dejarlo pasar es lo más adecuado.
-         ¿No querrán que nos metamos en un túnel a oscuras, sin saber su profundidad, verdad? En los temas de la justicia eso suele tener consecuencias algo peligrosas.
-         Así es, usted siga esta inspiración, como tal cosa. En cuatro semanas estará todo listo y averiguado, sin problemas. Nuestro hombre saldrá inmune de toda acusación. Hágame caso, es lo mejor para todos, incluso para la marcha del país. No tendrá problemas, usted ocúpese en seguir el proceso como le aconsejamos. 
-         Entiendo – Gilbert hizo una pausa breve esperando respuesta, seguido de un movimiento de observación hacia el secretario, algo empezaba a inquietarle de aquel hombre alto, atractivo y apuesto. Cabello negro perfectamente peinado, trajeado como un alto ejecutivo de empresa. De respuestas rápidas, astutas y despiertas. Un hombre con ingenio, de eso estaba seguro y con cierto acento de la Europa del Este - ¿Señor?
-         Adam Smith.
-         Como el economista y filósofo escocés. Basaba su ideario en el sentido común, espero que usted tenga la misma consideración, haga justicia a su homónimo. Empiezo a sentirme algo viejo para tanta intriga.
-         Nada de enredos. Además, usted tiene cierta edad, pero no es viejo. Una persona empieza a envejecer al sentir que sus metas se cumplen. Las ilusiones aparecen amontonadas. Es entonces cuando se relaja. El paso de los años lo deja vencido. A usted le queda alguna experiencia que descubrir, se ha pasado la vida sin salir de su estudio, con la única finalidad de ver cumplidas sus ambiciones.
-         No se líe tanto. Vaya al grano. ¿Si quiere hablemos del sentido de la vida, de porque con mi edad, sigo en el tajo o en este mundo?
-         Podríamos hablarlo si quiere – los gestos de Adam Smith aparentaban ser superficiales y algo cargantes.
-         ¡Pero qué diablos le ocurre!
-         Cálmese Gilber, apacigüe sus sentidos. Acaba de respirar aire fresco para serenar sus instintos. ¿Dónde mejor que en la ciudad de los vientos? – hizo un giro con la mano derecha, una radio se encendió, sonó la canción Chicago. La voz, Frank Sinatra, salía clara, en perfecta dicción, como un torrente limpio y fluido de la boca de Adam Smith “Chicago, Chicago, esa ciudad para caminar, Chicago, Chicago. La recorrerás conmigo. La amo. Apuesta tu último dólar a que se te irán las tristezas en Chicago, Chicago, la ciudad que Billy Sunday no logró clausurar”. Pero yo sí que lo haré – por un instante miró fijamente la ciudad, con calma prosiguió, volviéndose y abriendo los brazos, con aire de mofa hacia Gilbert, le guiñó con el ojo izquierdo y prosiguió su número musical – “Vi a un hombre bailar con su esposa, en Chicago, Chicago, mi ciudad natal”. ¿Puede usted decir que le pasó algo tan maravilloso en esta ciudad? – Una carcajada perversa sonó desde muy lejos.