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jueves, 2 de abril de 2015

Córdoba en Semana Santa



El incienso se desparrama por algunas calles, iglesias, y parques del viejo continente. La gracia y la bondad, llega a borbotones, llena a forma interesada de lisonja voluptuosa e interesada, sin ser invitada cada año por sus rincones, perteneciente a una cultura que se cuela majestuosa entre los placeres místicos de los sentidos, las ilusiones se encienden por arte de magia.  Obras escultóricas tratan de la unión y relación humana con la divinidad.
Los jazmines comienzan a tapizar los jardines de Córdoba – Andalucía. Se posan junto a sus fuentes, sobre los miradores de Medina Azahara. Se adormece el Azahar apacible y caprichosamente invitando al descanso del peregrino. Caprichosamente se mece dulce y tierna la señora de los Dolores de Córdoba por el Patio de los Naranjos, en la Mezquita Catedral. Se pasea la madre de los hombres.
Desde ahí, en este hipnótico jardín, la presencia de la señora se mezcla como el mismo bálsamo del Jazmín, como de su aceite esencial. Se obtienen sustancias ansiolíticas e hipnóticas suaves. Las malas digestiones del alma se transforman en esperanza y optimismo, el ambiente que se respira en el Patio de los Naranjos hace abandonar las nauseas de origen físico y hace llegar la paz celestial. Las yemas de los dedos pueden tocar el cielo abierto, a la vez que se levanta el paso de la señora coronada por miles de estrellas desde el firmamento más divino.
 El Jazmín de la primera primavera, se cuela por el barrio de la Judería, a orillas del Guadalquivir. La brisa de la noche corre por los canalillos y callejuelas, por los patios llenos de macetas, aromas y colores. La voz del capataz se adentra como única anfitriona del silencio antes de reanudar el paso de Cristo.   El Azahar se abre por las fuentes majestuosas del Alcázar de los Reyes Cristianos, desde sus balcones parecen esperar inquietos, Isabel y Fernando, tanto monta, montan tanto…
Sus mujeres más bellas y naturales, quedaron plasmadas en lienzo a manos de Julio Romero de Torres. El pintor de Córdoba que dejó las características más sensibles y hermosas de la mujer cordobesa. Cristianas, Sultanas y Moras, esperan en luto y mantilla, bajo la Puerta del Perdón, el paso del Rescatado.
El Miércoles, La Paz y Esperanza, cubierta de su manto blanco e inmaculado,  se arropa sintiéndose amada entre la devoción de sus gentes camino a su casa de Capuchinos, saludando un instante antes al Cristo de los Faroles, más limpio y pálido que nunca, majestuoso y antiguo responde al saludo desde la cruz a su santa madre, La Paz y Esperanza de Capuchinos.
Córdoba, mi sultana mora, llana y misteriosa, sin dejar su encanto en cada plaza, en cada fuente, en cada calle estrecha de la judería, La del Pañuelo, La calle las Flores.
¡Córdoba cuanto te quiero…!

martes, 24 de marzo de 2015

Partizan II.



Quedaban pocas horas antes del amanecer. Nos abrazamos todos juntos cerca de la alambrada, susurrando casi, ensayando La Marsellesa como canto único de libertad, antes del gran final. Esa noche nos cubrían las alas negras de la muerte como único manto cálido en pleno bosque nevado, el ruido de un Stuka agitaba al sonido, con la sensación de que iría a estrellarse no muy lejos. Dicen que Dios existe, que existe el diablo, que si no somos buenos iremos al infierno, pero se olvidaron de contarnos que el averno habita entre nosotros, que el hombre más sagaz y astuto puede envenenarse a sí mismo, que Luzbel puede llevar uniforme militar, que solo el beso de un niño aun sigue puro sin veneno animal, sin virus contagiosos de odio entre los hombres, pues aun es niño, y siendo así, los niños pueden ser muy crueles entre ellos. Llamaron a la puerta, abrió mi hermano pequeño. Se los llevaron a todos sin mediar palabra alguna, no preguntaron los nombres, ni apellidos. Mi vecino de planta, un anciano compañero de trabajo de mi padre de toda la vida, me lo dijo tres días más tarde, con miedo, nervioso, asustado al recordarlo, temblaban sus piernas ante lo incomprensible, aunque no llamaron a su puerta, se asomo al pasillo, pero el pánico le hizo retroceder escondiéndose tras la puerta. Pensó que cualquier día podrían llamar a la suya, y se escondió en el sótano oscuro y silencioso, intento callar para siempre, pero no fue quien nos delato.
Disimulaba como podía por las empedradas calles de París. Unos hombres vestidos de uniforme de partido se divertían mientras fotografiaban a un niño rubio en la entrada a un portal con una pizarra a sus pies que ponía: “niño rata”.
Pude escapar y reunirme a un grupo de resistencia. No conocí nunca sus verdaderos apellidos, siempre intentaría olvidar sus rostros, la imagen del compañero fiel que lucha a tu lado, del camarada cansado y exhausto, que empuña su fusil como un palo rígido, mustio y seco. Solo queda el semblante del héroe, los rasgos de la desesperación, apariencias alegres ante la catástrofe. El valor de los que luchaban por la libertad, se perdía y pagaba con una cuerda al cuello, o un tiro de gracia en la frente en el mejor de los casos, mejor no saber nunca sus nombres... 
Con el tiempo ganaron los muchachos de la montaña, los ancianos les guardaban comida y cobijo en las aldeas escondidas entre los bosques perdidos. No llegué a ver la victoria, solo sé que quedaba poco para todo final. Mis camaradas creen que si faltan hoy, mañana habrá otros iguales que sigan el baile. Los que sí pudieron verlo se quedaron con el honor del éxito y con la amargura de las pesadillas bañadas en el sudor frio del terror al no poder despertar, con el recuerdo siempre clavado en la piel, de los que no pudieron decirles adiós. Las garras del mal pueden ganar batallas, pero jamás ganaran a las ganas de libertad, ni arrancar la empatía de quienes la tengan, la piedad del grande se esconde en su interior para no ser descubierta, llega envuelta en sufrimiento y se suelta en un susurro, nunca vocifera en el grito de la soberbia, la solidaridad de los extraños se manifiesta solo con mirarse a la cara, misteriosa se reconoce a sí misma, al igual que reconoce a las sombras tambaleantes e inseguras en sí mismas, a las que combatirán siempre por igual.
Amaneció, el suelo era frio, nevaba, la brisa del alba llegaba a la piel gélida e impetuosa.  Nos taparon los ojos, el ruido de los rifles no estaba lejos, los gritos de las bestias taladraban los tímpanos. Nos dio tiempo a unir las manos como estaba ensayado, y cantamos en alto el himno de nuestro país, que recuerda que todos los hombres nacen libres, y mueren libres, nadie puede atarnos el alma, lo que sentimos y pensamos, por muchos lunáticos cobardes que intenten borrarnos del mapa.
Llegado el fin, sentí que seguía caminando, junto con los míos, aquellos que salieron presos por la puerta, los mismos que vio mi vecino marchar en su último adiós, ahora eran libres, todos con aspecto bien cuidado y joven. Nos dirigimos por un túnel donde no sentí frío ni calor, cogidos de la mano, como estaba hasta el último segundo bajo las estrellas unido a mis camaradas. Solo tenía el convencimiento de que ya no tendríamos que luchar más, que la paz había llegado, las banderas se borraron para siempre, nos habíamos emancipado de la soberbia, la luz del final lo transmitía. La tinta de los libros no se mezclaría más con la sangre de los inocentes, la luz al final de ese túnel era la esperanza de muchos, y los que no creían en nada, comprendieron, si dios no estaba en los campos de concentración, tenía que estar en algún sitio pues aquello llegó a ser demasiado, el dolor hizo temblar a la tierra, y la tierra necesitaba algo más que los hombres, quizás estaría allí la respuesta, todos necesitarían la luz nueva al final de ese túnel.

lunes, 28 de julio de 2014

El olvido habitaba en la memoria




(Inspirado en “La gran ventana de los sueños” en Citas de mi diario de sueños. Rodolfo Fogwill).
Intente guardar en la memoria un número infinito de sueños. Como la naturaleza humana es finita, los fui olvidando casi todos gradualmente. Se perdían uno a uno con lentitud. Desaparecían indefinidos y constantes. Progresivos en una realidad formal. Inundados en la despedida desencantada, ahogada por la propia resaca del desengaño. Sueños pesados y soporíferos, que se evaporaban en pleno letargo. Llamados a sí mismos desde el eco amortiguado de las profundidades del océano. Susurros de sirenas malhumoradas, misterios ocultos en el secreto, sopor envuelto de brumas derivado de la somnolencia más insufrible.
Perseguí a esos sueños tanto tiempo, que olvide que los estaba buscando, pendiente siempre de mi memoria. Llegando a enloquecer, perdiendo incluso el rastro a los años vividos. Vivir consistía en olvidar al destino, los objetivos fraguados por esa marchita y caprichosa neurosis de la memoria. Ansiedad producida al perderme en el tiempo de la inocencia, ante las experiencias desapacibles, caminos llenos de piedras. Recordar en la edad de los ochenta años, habiendo llegado solo a los cuarenta. El paso del tiempo no tiene relojes para mirar, ni brújulas y no perderse, al vagar por las estrellas.
Sucesos programados en los espacios de las conciencias marchitas. Las sombras gruesas y oscuras de los extraños más íntimos me persiguen, espías ocultos en una noche desierta. Fraguas a fuego lento, por el olvido de la conciencia. Quise parar el espacio y los ciclos de esos sueños retenidos. Mantener inmóvil el halo del recuerdo. Ver abriese esa ventana de la razón, reteniendo sus obras inéditas y frescas. La pena busca antojadiza a la incesante evasión del olvido.
Sería capaz de atrapar las fugas de la memoria, pero solo soy un hombre con cerebro algo vago, con poca inteligencia, perezoso desde la indigencia de mis pobres ideas. La debilidad de mis pensamientos carece de la armonía del razonamiento. Amnesia y omisión propicia al extravío. La falta de comprensión en el juicio de la razón, crea los monstruos con rostro propio, constantes en las pesadillas sofocantes y calurosas, productos de la indiferencia. El motivo por el que rebusco sin aliento y con tanto ahínco a los sueños olvidados. Empeñado cerca de la rabieta, para que me proporcionen sostén en un presente no muy lejano. Así tendrá su propio amo ese engendro de las visiones. Arpías ladronas de las ilusiones, caseras envidiosas de sí mismas. Al terminar por el sobresalto, las alucinaciones se pierden en su propia ceguedad, cerrando con candados fuertes y bien forjados, puertas, esas ventanas que escribían solas en el diario de los sueños. Las furias del abismo crean la esclavitud en el olvido de la memoria, hermetiza cualquier salida del cuerpo, de mi propia casa.
Los vientos inoportunos no volverán a robar a la memoria, a un anciano de cuarenta años. Préstamo vigente del hoy mismo, intercambio presente en un ahora reciente, sin poder escaparse para siempre en un mañana sin nombre.
Quiero crear ilusiones originales, que no acaben en un intento de ficción sin reacción opuesta. Que no lleguen a ser la creación de otro, sin intrusos que puedan resoñar mis sueños, sin robos. Serán solo míos, sin violar sus leyes, ni tomar su estilo, sin poder escucharlos, ni rememorarlos. No habrá intrusos narradores. El único valor añadido que se creó natural en mi, será explotado a toda máquina, con la banda sonora de una orquesta de leyenda. La recuperación de mi olvido será relatada en la compañía de mis seres queridos, a la vera de la cama de un hijo que no tuve, pendiente de relatarle su primer cuento, un relato de fabula, a la entrada de sus primeros sueños. Escapándose y fugándose entre el éxtasis de mis más ocultos sentidos. Dedicado a quienes desean escuchar el susurro más intenso de mis sensibilidades, pues la memoria esta en casi todos los que sueñan, olvidan con razón pues es audaz el que repara en sus propias mediocridades, sacando de la memoria la desidia que lleva solo al odio. Recursos inmersos en el rescate de la memoria. Abriendo para siempre la enorme ventana al primer origen, fruto fugaz y posesivo del libre pensamiento, sin sorpresas, sin añadiduras, arrancando sin piedad esas semillas, las segundas partes que cosechaban a ese olvido.
Hoy rescato de los sueños un recuerdo, que ya no es olvido, forma parte más de la memoria, esta fuera incluso del propio cerebro, un bichito propio de la naturaleza del ser humano, vagabundo insoportable, fuera de mí aunque dentro de los pensamientos. Salvando momentos, que quieren volver por si solos. Lazos que se unen entre las machacadas neuronas del pasado, solas evocan minúsculos impulsos eléctricos a la alusión que transforman una determinada entidad, con cuerpo y alma.
Natalia en una argentinita tan sabia e inteligente que sin darse cuenta se transforma en inhumana Una ninfa del deseo, que arranca el fuego venenoso del interior de su momentáneo amante, sin apenas esfuerzo. Un espíritu bueno que se puede infiltrar como un virus y quedarse en tus sueños para siempre. La segunda vez que tome café con Natalia, no sabía si me encontraba con una divinidad o con una alienígena. La fuerza narrativa que posee al contar el más mínimo detalle de un momento cotidiano, se convierte en un acontecimiento sin igual. Puede ser el personaje de un cuento de sirenas, un ser fantástico que habita en las fábulas. Escuchando música, hará que te sientas espectador en una filarmónica de Viena, con una obra del tamaño de Sheherazade, Rimsky – Korsakov. Observaciones que se agradecerán con el paso del tiempo, de una argentina culta, bien formada, atractiva y muy bella, propia del gusto sensual y físico del hombre argentino. Para el español de a pie, machista a la antigua, y algo vulgar, será la jamona con hueso, pero de pata negra. Natalia esta creada para andar con naturalidad por el lujo. Documentadas narraciones con una pizca de paranoia, aunque exquisitas las formas, dudosas teorías sobre su infancia, servicios en cuerpos especiales de seguridad, imaginarias inteligencias secretas, con las que indirectamente a podido tener relación.
Recupero la memoria sin querer, cuando no se desea, como pasa siempre. Me siento auto flagelado, marchitado el tiempo presente se me abalanza al cuello. Debería ser una dicha poder repasar las maravillas de lo que ha merecido la pena ser vivido. Pues de Natalia se puede decir que también entre sus cualidades contribuyeron figuras elegantes e innovadoras, en catálogos de moda, curso estudios de diseño en Roma y Milán. Es una gran observadora de los usos y costumbres sociales en el país que se encuentre, aparte de comprender y desarrollar analíticamente a primera vista el mapa de un rostro, pues es licenciada en psicología. Sabe cinco idiomas, y su nombre de guerra es Martina Valentino, un nombre universal que sabe a espía de cualquier tiempo y época. Quisiera contarle que rescaté de su memoria, sueños que no pasaron, que jamás ocurrieron.
Escuchar las explicaciones sobre sus reflexiones de contenido más secreto, estar cerca para consolarla en sus días tristes cuando se aproxima el invierno, cuando se encuentra tan lejos de su Argentina, son actos que merecerían la pena ser vividos, sentirse como un héroe pues te lo permitirá. Entre sus frases claras y contundentes, se entremezclan inesperados tiempos inciertos, sueños en los que solo ella, cada vez con más fuerza, tiende a reaparecer y reproducir como un espectro del pasado.
En ocasiones me pregunto de cuál sería el motivo que la hiciera salir de su Buenos Aires querido. Cuenta que fue el amor, pero desconfío de esa verdad que no deseo retener en la memoria. Verla en su ambiente sería aprender en un curso intensivo del mundo, plácida en su verdadero estado mental, lleno de ilusiones adolescentes, antojosos gustos del deseo, arranques enrabietados de niña, capricho argentino.
Después de descansar un poco, despertar del viaje, y respirar la mañana Platense, en uno de esos barrios residenciales alejados del centro de la capital, enseguida bajo la cuesta donde está mi cabañita chiquita. Cruzo hacia la esquina de un chalet grandioso, fastuoso, más que pomposo. Desde uno de sus amplios balcones le sirven a Martina el desayuno del olvido. En estos días no me puedo culpar de mi propia ignorancia, pues tengo la enorme dicha de ser de los pocos amantes de pocos días, que han conocido a esas dos intensas e inteligentes mujeres, personalidades ambiguas, unidas en una sola memoria, un mismo recuerdo. Un buen día me contó, mirándome fijamente, frente por frente, en gran magnetismo, lagos verdes que son sus ojos penetrantes, unos relatos biográficos que persigo cada noche. Se harán realidad esos sueños que siempre se escapan, con el sonido de una llamada de teléfono, un despertador, un timbre de una puerta, en fin...
Tardes tomando café, cerca de una alcoba, visualizando un rincón con una ventana pequeñita, una camita generosamente amplia, una pileta limpia y lujosa donde asoma la eternidad del deseo. Natalia nació por accidente en Barcelona, pero la mayor parte de su vida la pasó en su barrio porteño de Belgrano junto al estadio de “Los Millonarios del River Plate”. Siempre me recibe con pasos joviales, aires de ejecutiva, vistiendo para la ocasión un traje blanco, ingenio de obraje y estilo colonial. Siento que ha progresado, ha prosperado de nuevo, siempre superándose a sí misma, descubriendo imperios nuevos, sol naciente para los amantes, que la noche convierte en prisioneros. Pero de la misma forma que entra, se difumina y sale, elegante a paso lento, sonidos de tacones lejanos por el pasillo, arte de magia en el desconsuelo, paso tras paso seguro, firme filo metálico que se clava en el suelo, como puñalada en el corazón que deja huella. Es la ilusión de un ensueño, desde un luminoso y verdoso jardín cuidado, sale segura de sí misma, enardece y aviva a la pasión, llama sagrada de mi olvido con los sueños. Tal vez me encuentre en su memoria como un milagro que amanece, caída que deriva en polvo de estrellas desde el fin del firmamento.
Natalia es la dueña de esta locura, siempre más complicada y original que cualquier intento de la ficción, por eso esta tan implicada en cada uno de sus actos, azucarada y avivada en la lucha del entusiasmo, difícil plan para poder creer sin despertar, al ser tan real el olvido de mi memoria…
(Dedicado desde la más sincera humildad, a un poeta, de un buen poeta, escritor, maestro y sociólogo argentino como Rodolfo Fogwill. Aunque como el mismo autor dijo un día: “sean tan necesarios, los malos poetas”. Gracias doy a los poetas que nos hacen discurrir por senderos recuperables en esperanza, sean buenos o malos. Los que nos inquietan, los que nos hacen fluir libres y ligeros de carga, como elementos salvajes de una corriente de agua viva, limitada por la orilla fronteriza de los sueños. Un viejito sabio en imagen, no tanto en edad, pues murió con 69 años. Un ancianito de rostro, con un joven corazón, que descubrí hace poco y me llenó tanto el interior de su magia escondida y luchada, forjada por su memoria con olvido. Me dejó temblando en mis propios sueños. Escribió una prosa única, original y maravillosa, envuelto siempre en el perfume de los versos. Benditos olvidos los de Fogwill. Vibrantes cigarrillos que chispeaban entre sus dedos, invocando al ingenio y al donaire más sublime de un genio de las palabras, pues era un fumador compulsivo sin reparos. Contemplados y recogidos desde esa cámara mágica que lo capta todo en pocas palabras. En su obra se puede disfrutar de una joya de la literatura argentina más autentica, como esta: “Citas de mi diario de sueños” - “La gran ventana de los sueños”). 

lunes, 9 de junio de 2014

El Hombre de ayer.



Cuando tenía 20 años, no se le podía cantar a una chica de mi edad ciertas cosas. Como: “Sabes que si me abandonas me puedes perder, cuando con cualquier otro chico tú te burlas de mi, y me veras en casa sentado hablando con la pared" Ahora con cuarenta y tantos, tampoco se pueden decir. Estas cosas pasaban en la época de la movida Madrileña y Cordobesa. Los chicos guapos éramos así de tontos. Las chicas de chalet en zona residencial de alto nivel, como “El Brillante”, eran un sueño selectivo y predilecto de la misma vida. Sabina decía: “las chicas ya no quieren ser Princesas”. Pero estas chicas de la yeté set cordobesa, sí que querían ser princesas, que los chicos no fueran sus esclavos, sino los dueños de una plantación Sudista, como en "Lo que el viento se llevo". La chica que era mi amor platónico de chalet al lado del bosque y con “Los cinco hermanos de Kety Esvert”, era inalcanzable para los chicos de barrio. Siempre me identifique con el "Pijo a Parte" de "Tardes con Teresa". Marce tuvo la culpa de todos mis fracasos sentimentales, maldito Marce. Fui un chico muy rarito porque de pequeño leía los comic “Famosas Novelas”, los clásicos, siempre los clásicos. La colección entera me la trague varias veces. El chico del muy deficiente leía mucho. Un chaval calladito y modosito, retraído y encerrado en el interior de novela rosa. Leer tanto de joven, me auto engaño. Las palabras impresas en papel me jugaron una sucia jugarreta, una mala pasada. Quise ir a Hollywood y conocerte en un pub pijín, lleno de niñas puras sangres, como tú, con altos vuelos y la frente muy alta, te llamas Sol por algo nena. En la disco Berlín te conocí. El Cárter que puse en tu muñeca fue lo que te convenció, unos besos y algunas promesas te esclavizaron a mí. Al llegar la mañana el sueño se repito de nuevo y sin ti. Aunque pienso que “no es extraño que tu sigas estando loca por mi”. Como cuando pasas a mi lado en Cruz Conde y me miras enfadada, con el agrio reproche de un ruego por mi parte. Ahora vas con tus gafas de ejecutiva, tan sexy y cara, inalcanzable eternamente. Sabiendo que te gustan los hombres duros, no te contesto, es mi momento nena, hoy soy un extraño que invade tus ratos de angustias, y lo sabes. Eras un volcán en la cama, el deseo opuesto en la normalidad de tu personalidad, por eso, no eras para mí. La niña bien era una loba desbocada cuando los sentidos del deseo invadían todo tu ser. La niña bien, esa caprichosa alterada por la pereza, se transformaba en una barriobajera de patio de vecinos al contra luz.  El hombre que elegiste al final por su apellido, se pasó un día de ser tan duro, siempre al límite de tus arriesgados y caros sueños, nena. Los tiempos cambian y tú muñeca, no pudiste hacerte moderna, estabas fuera de lugar, fuera de sitio. Siempre te tiraron los hombres seguros de sí mismos, luego resultan ser los más peligrosos, nena. Los duros de Espagueti Western con ojos penetrantes y eternos en un primer plano.  La tristeza me invadía al saber que nunca te podría conseguir. Luego paseamos por el bulevar de los sueños rotos. Encontraste una chaquetita vaquera con flecos a lo Búfalo Bill, a la moda entre las veinteañeras pijas de la época, principios de los noventa. Era la chaqueta ideal para una pija diluida en una película del Oeste, con banda sonora del Morricone. Siempre quisiste estar entre hombres sin alma, curtidos por el sol como tu nombre de pila, nena. Se le derramaban los cabellos largos por la chaqueta, rubios, limpios, tan bien cuidados, pero de bote en peluquería cara, “El Brillante”. Para colmo era una gemela a la que si me defraudaba, podía cambiar por otro recipiente igual, pero que no deseara un hombre duro, fuerte y formal. Lo malo es que las gemelas se parecen tanto en todo. Qué pena de 20 años tirados a la basura. Dan las seis sintonizo a los Stone, tiempos de pelo corto militar, viejo blus, queridísimos “Hombres G”, un sonido muy lejano llega a mis oídos, es el ruido de un cerrojo que abre los sentidos, los recuerdos, que se yo, estoy tan solo. Quizás sea solo un sueño más, pero sé nena, que necesito de tu amor. Ojala hayas cambiado, y te gusten ahora los hombres tiernos, dulces, cariñosos y con ganas de dar lo mejor a su chica pija. Sería una bella historia de amor, ¿no crees, nena? ¡Camón! Una noche de verano, en el “Don Juan”, con una copa en la mano y ese viento de la sierra que relaja los sentidos, un tierno abrazo, momentos mágicos. El chico de barrio con sueños de grandeza sigue empeñado en conseguir su estrella. La princesa del deseo vive en un barrio de lujo clandestino. Pasa las mañanas desayunando picatostes con chocolate, cerca de una piscina llena de niños. La rubia pura sangre, centra su mirada en el parque lujoso del fondo. Se le pierde la mirada en la nada. Esboza una sonrisa distraída, perdida en el recuerdo, busca a ese chico de clase media de la FP, que solo quería llevarla a casa en su vez pino blanco. Esta segura ahora que la amó en silencio, como nunca un hombre fuerte, guapo y formal con poder, podría haberla amado nunca. Tiene al hombre que la cuida como a una reina, pues no le falta de nada, pero nada más, sigue faltándole algo, quiere saber que es. Sin la ternura de ese chico que hundía su mirada en su cara, que reflejaba el deseo de querer amarla como a ninguna otra, el chico que en momentos la hacía sentir única en el cosmos. Ahora con el paso de los años, desea encontrarle una tarde de compras en el Corte Inglés. Chocar con el por casualidad. Un deseo sin capricho, una necesidad angustiosa en la noche oscura, sin rebajas para nadie. Ojala vuelva a encontrar a ese chico de mirada triste, súper delgado. ¡Rafa se llama! Sí, ese. Nunca le dijo un piropo, nunca fue galante con ella, si que era guardián de las formas en público, que rabia. Piensa, recuerda, retiene de él su suavidad, el sonido de sus palabras, la devoción que le guardaba, el afecto que ponía, la atención que ofrecía cuando le contaba algo para atraerla. Aquellos locos veintitantos, aquel chico del véspido blanco, ese chaval con problemas de peso y anoréxico, un drogadicto de la vida, un luchador sin armas, que siempre se le puso todo en contra. El que se revelaba a su realidad, aquel chico que hubiese dado todo por una pija bella, por una princesa que llenaba los sitios por donde pisara. Sus tacones lejanos marcaban la diferencia con las demás, viejo blus, como lo fue ella a sus veinte y tan pocos. Piensa y recuerda, la rubia de bote, perdida la mirada para siempre, en un bosque sin salida, ese niño puede darle aun con sus cuarenta y tantos, lo que un día dejo pasar a los veinte. Lo tiene que encontrar, hablar con el, sin darle importancia, esta segurísima de ello, es el chico de ayer, el joven que escribía su nombre sobre un vidrio mojado sin darse cuenta. “Soledad” es el nombre que aun escribe en ese vidrio que lleva dentro como un puñal, dentro de su piel, de sí mismo. Solo espera que cuando se reencuentren en la estación del Sur, cuando ella baje del vagón, con sus tacones de aguja rojos, los que tiene reservados solo para sus ojos, ese chico que la espera, aun la reconozca, que sea para él, la misma chica que retiene del pasado y con tanta pasión como antes. Desea darle unos nuevos besos llenos de pecado para ella, que sean puros para él. Quiere engañarse a si misma pero no desea dañarle más, solo quiere volver a jugar con su encanto, con su belleza, sentirse con veinte años, deseada, admirada, viva de nuevo. Rafa es un buen chico de barrio, un naufrago en su propio laberinto, desde el escritorio de su casa, escribe historias para ella, pensando en ella, la reina de otros mundos, palabras que llevan su nombre, Marisol.…