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jueves, 8 de agosto de 2013

Las huellas perdidas



Seguía sus pasos impresos en huellas sobre la nieve, sin cuerpo que se reflejase, obvio o manifiesto, solo podía observar a la nada. Tras cada pisada traspasaba una década, surcando etapas sin sentido, sin existir los intervalos del tiempo. El camino se hacia eterno, siempre siguiéndote, invariable persecución, monótono transcurrir de los segundos, escalofríos suaves al pensar que acaricia mi piel. Un águila azul surco el firmamento, veloz, como los minutos que se escapaban de entre mis manos frías, casi congeladas. Cada parada se transformaba en reflexión, confrontando cada imagen al recuerdo, la primera división sin frontera, donde afloran por vez primera las pesadillas sin sombras diferenciadas y definidas en que apoyarse. Un café hirviendo, tras el escaparate de los deseos, luces de neón al rededor, la ciudad solo descansa cuando la dejan desnuda, sin alma a la que escoltar, sin poder rastrear los sentidos de alguien o algo vivo. ¿Cuanto tiempo llevamos perdidos entre las estrellas, sin que transcurra el tiempo? ¿Seré el único que sigue perdido por las lagunas de la memoria? Abrí tu carta, húmeda, aun mojada por la lluvia, repentina, en una madrugada inesperada de pleno verano, los contrastes sin freno ni lógica. La dialéctica enfermiza cuando vence el silencio, sobre un guión con solo escenas mudas, un argumento basado en los desencuentros. ¿Porque te vas? ¿Porque te fuiste? En ocasiones estar enamorados es perderse en la hora punta de una gran ciudad, al paso de rostros desconocidos, hasta que nos volvemos a encontrar, sin querer, sin esperar, se escapan los recuerdos, y estas allí, entre miles de rasgos sin identidad. Es tan dulce sentirte, sabiendo que te desean, y cuando lo hacen, comienzas a comprender que solo es un desconocido. En el vestíbulo de un hotel, sin descubrir ni explorar anteriormente, nos perdemos cerca de un Oasis desierto, sin poder seguir un lugar de referencia. Abandonado entre la neblina y el humo, la veo llegar, el empaque y la desenvoltura de la elegancia, el estilo tras cada paso al invadir la sala de espera, desde un ángulo de la cafetería dejo lo que estaba leyendo, el café caliente, cualquier cosa que quedara por vivir, podría esperar. Sigo su marca, el bamboleo de su cadera, sin apenas conciencia, me arrastro tras unos tacones altos. La lejanía se había acortado excepcionalmente, por fin aparcamos ambos sobre nuestras propias tinieblas, aunque el corazón no parará de sangrarnos a la par. Entrar en su mente no era un abuso, pues ella lo sabía, lo consentía. Nunca hubo violencia, solo obediencia. El poder de mis deseos la poseía sin saberlo, anulando a la lucidez, quebrando de manera inconsciente el juicio de la razón. Los pasillos se alargan. El eco de pasos se amortigua en la moqueta. Una vez nos reunió el capricho llamando al deseo, ansia dulce, maneras caprichosas. Ayer jamás volvería a repetirse, hoy solo era una voluntad tiránica de esa incontrolada soberbia. Corredores interminables, cuadros de pasajes desolados, fríamente iluminados. Luces blancas, decoración indefinible, rechazable conciencia monótona, indiferencia de los sentidos. Colorido imperceptible, carente en identidad, falsos segundos antes que entraras en la nada. La puerta de una de las habitaciones esta abierta. La penumbra jugaba con las sombras invasoras, se filtraban contornos indecentes por la ventana, asaltos caprichosos difuminados por entre las farolas de la vía, retozonas siluetas que creaban figuras deseosas entre contrastes grises, saltarines reflejos y traviesas imágenes que chocaban como eclipses inquietos por su espalda desnuda. Miraba desde la ventana. Planta, garbo y donaire de la gracia, tras el brío de sus curvas. Llamadas incesantes para el deseo. Me acerque lentamente hasta sentir su respiración pausada y tranquila. Muy cercano a la respuestas, muy justa la respiración ante el reclamo opuesto como el de una estatua orgullosa de si misma, arrogantemente erguida. Detrás de la ventana observe como paraba en la acera derecha de la avenida un taxi amarillo, clásico de la Gran Manzana, un hombre delgado, alto, de edad madura, entrado quizás en los sesenta, pelo cano, mirada penetrante como un témpano fría, porte e estilo clásico, con apariencia de cierta opulencia, quizás la riqueza. Un lujo con el que acostumbrara a convivir, licencia que ofrece la copiosidad o el lujo, grabado todo al igual que un coctel nuevo e innato, originalidad en su ser como patente de corso. Dirigió su atención hacia la ventana, observo a la mujer, dando la impresión de conocerla, ahora casi pegada a mi cuerpo. Atenta y vigilante dejo escapar una mueca sonriente. Sin alteración, huella o reflejo que se escapasen libres de entre sus emociones, ningún movimiento ni expresión desordenada, nada particular ni original ante la esencia del caso. Instantes insoportables para ella, quizás, pues llevaban más de catorce años unidos. Desde esa telepatía que poseíamos, ese poder sobre ella se manifestaba una vez más, al entrar sin licencia a sus pensamientos más inmediatos. Supe por vez primera que deseaba más que nunca a su marido, aquel que la saludaba, sobre todo en ese nuevo sentido, desde esa distancia el amor era patente en unión y comunión entre ambos. Aprieto los dientes y aguanto el chaparrón, el que vive mi interior con toda desesperación. En esta cobardía revelada, entendí que jamás por voluntad propia sería mía. Solo era un extraño más, la efigie de un conspirador desconocido a sus espaldas, en aquella habitación de hotel oscura. Saque del bolsillo de mi chaqueta, un tul de muselina negro, antes de vendarle los ojos, encontré un gesto permisivo, dando paso a lo lícito del acto. Justo antes de dejarse hacer, levanto su mano derecha en gesto de despedida. Acto seguido se dejo apartar sus largos cabellos tersos y suaves de color castaño. La oscuridad se hizo por unos instantes, ahora era poseída a mi capricho, sería por unas horas, el dueño de sus recuerdos, me pertenecerían, pero no su libre albedrío, de su libertad de decisión nunca tendría la potestad, de sus sueños jamás sería el amo. Me agobiaba y atormentaba no saber exactamente si me recordaba. Una incógnita que no se resolvería quizás nunca. De nuevo todo se evaporaba rápido, después del accidente de tráfico todo era despertar de entre los sueños sin realidad, una y otra vez como dar vueltas por un círculo cerrado. Nada de esto debió suceder jamás, solo seguía en mi vida de ensueño, sucesos acorralados. Encarcelados los arrebatos pasajeros, la sin razón viva, la falta de memoria. Desde hace un tiempo para mi indefinido, continuaba sumergido en el coma. Tú ya no me acompañabas entre las tinieblas para recordármelo, pues no sentía la dulzura de sus caricias al amanecer, ese que se repetía en una quimera. De vez en cuando como ahora, invadías indecentemente y sin llamar al espacio nulo, el vacío caprichoso del destino. Una calzada mojada, una carretera en mal estado, un cruce invadido a destiempo, la neblina de madrugada que reflectaba contra muros en blanco, sin dejar ver a las señales. Todo se dibujaba solo y se difuminaba lentamente igual, con la velocidad de su propia inercia. ¿Cuando hallaremos respuestas a las contradicciones, a las replicas faltando los argumentos, cuando las soluciones a tanto sin sentido, cuando me dejaras ser libre, amor mío? Si ya estas enamorada de otro, con nuevos caminos, con un futuro por concretar. ¿Porque existen solo para mí las fronteras? ¿Cuanto tiempo más seguiremos dando pasos hacia ningún lugar, por entre las huellas perdidas?    

Cap. 2.
Agarrados de la mano salieron del hotel, aferrados el uno al otro, sujetos al igual que eslabones de una cadena firme y unida. Ella seguía con los ojos tapados. La madrugada se adentraba en una noche dormida, pero amenazante. La larga avenida seguía solitaria, daba la impresión que el asfalto se perdiese hacia el infinito, más allá de todo tiempo, pasado, presente o futuro. El sonido inquieto de sus pasos reflejaba el palpable nerviosismo, al sentirse perseguidos, señales lejanas que les oprimían el aliento. Marchaban en una angustia fría y seca, la sensación de inquietud se marcaba sola al ritmo del reflejo de un relámpago, a cada segundo, rebotando la sensación de alarma sobre la nuca. La evolución gradual de su perseguidor se confirmaba, el acecho de un depredador, justo en su maniobra más incierta, en su estado natural, el de noche cerrada. Las luces de las farolas oscilaban, deslumbraban al parpadear, se fueron apagando una a una, de lado a lado, encadenadas por simpatía, al compás siniestro de un hábil encantamiento. Ella paró la marcha en seco, se volvió hacia su pareja con su rostro fascinado por las circunstancias, le hizo sentir tras su gesto que ya no era el quien dominaba la situación. Entonces lo besó ardiendo en pasión repentina y desenfrenada, se retiro la venda lentamente, pretendía que observara sus ojos azules. Su acompañante percibió como su corazón latía con fuerza, como los ojos se le iban cambiando de color, se fueron inyectando rápidamente al rojo vivo. Se dejó rodear por sus brazos, dejándolo inmovilizado por completo, seducido en aquel hechizo que le hacia sentir más unido y único a si mismo que nunca. Hasta que empezó a no poder identificar del todo a aquella imagen de mujer que se apoderaba de su ser por segundos. Se le soltaron los cabellos ante una racha súbita de viento, sin advertir que las sombras de los árboles se alargaban como tentáculos, la oscuridad total de la noche los iba engullendo e invadiendo por todas partes. Entre la sorpresa o la alarma de lo inesperado, la luna llena agrando su tamaño en cuestión de segundos, con fuerza, dinamitó y extendió al cielo su luz potente, un cañón directo de claridad se derramo por completo, apaciguando con su fuerza a las tinieblas amenazantes, quedando solo al compás del viento, las sombras lúgubres de los que fueron, los amantes perdidos. Volvió la mirada hacia su perseguidor inmediato, mientras no paraba de besar a lo que ya parecía más bien su víctima, con ansia lujuriosa, con las formas y maneras totalmente perdidas en la vorágine, en la sed. Aquel hombre bien trajeado, de alta estatura y pelo canoso, se detuvo ante ellos. El mismo que solo unos minutos antes los estuvo observando desde la calle, no desconocía que estaba igualmente siendo vigilado, solo ahora se adivinaba por quien. Parecían juegos siniestros a escondidas, funestos planes bien estudiados de ante mano.
-¡Eres el centinela!- Afirmo segura de si misma, sin apartar la mirada hacia aquel rastreador, con maniobra ágil y sinuosa se reincorporo rápidamente, con total indiferencia o desapego hacia ningún asomo de culpa, dejo de su boca y dientes que siguiera manando la sangre a borbotones.
-Chandi es la hora, debes dejarlo y volver conmigo. Kali os lleva esperando hace mucho tiempo –Su voz era suave pero firme, sin perder esa señal personalizada de cierta clase ancestral, más bien consanguínea.
-Te advertí, no debiste dejar que me quitara la tela que cubría mis ojos, insensato, si consigues el sacrificio de la madre volverás a encontrar la vida nueva.- Con un solo soplido lleno de desprecio, desplazo aquel cuerpo ahora mustio y marchito, el cual hace solo unos minutos besaba ardientemente, desde la pasión más rebosante y plena que pueda ofrecer un único ser. Lentamente se fue embadurnando el rostro y uno de sus senos con sangre, mientras colocaba un pie sobre el pecho de la víctima.
La noche lunar volvió a sus orígenes, una vez satisfechos los deseos, los siervos de la gran madre destruirán todas sus ilusiones. Chandi se alejaba firme y vigorosa seguida del centinela de los sueños, a la vez que dedicaba oraciones ensordecedoras, las palabras fluían de tal forma que parecían transportadas por el viento, todo quedaba guardado por la madre del tiempo, la diosa oscura, fin y principio de toda vida: “Renaceréis con la ruptura del ego, desde la destrucción de la ignorancia, con la llegada del conocimiento”.

jueves, 18 de abril de 2013

Divididos

Era de madrugada cuando salíamos del cine, la sesión golfa de un viernes como otro cualquiera. Carla estaba tranquila pues reposaba parte de su rostro pegado a mi hombro, agarrada a mi brazo por primera vez, como si estuviésemos suspendidos ante un precipicio y fuese el único lazo de sujeción anclado a la tierra. Empezábamos a conocernos, con un cuidado y formalidad anticuada, sin prontas diligencias ni altas velocidades para no atraer al vértigo. A la salida del cine, y lejos de cualquier ruido, la luna llena se bañaba derramándose en luz clara, nítida y brillante. Rebotaba sobre la explanada el eco de nuestros pasos, al aproximarnos a un descampado que servía de aparcamiento. Todo el día había pasado en armonía, acorde al equilibrio de los acontecimientos. Empezaba a ilusionarme, comenzaba a soñar despierto.
Una vez en el coche comentamos algo del argumento de la película. Una trama conseguida del género del terror, aunque distraída, fue lo suficientemente larga para provocar estrés. Tanta tensión sin descanso, de sobresalto en sobresalto, temor tras tanto terror, estado de rigidez a cada minuto, presiones emocionales a cada segundo. El brazo salió un poco perjudicado tras los apretones de mi compañera, una puerta que chirría, ventanas que crujen, un grito escalofriante, sucesos estériles fundidos entre fondo negro...
Tras pararnos en un semáforo, giré el rostro para contemplar el suyo y preguntarle algo que me intrigaba de la película, pero con cierta ironía:
- ¡Carla! ¿Quedarse suspendido en sueños, saliendo de tu cuerpo con conciencia, la suficiente para ser recordada, tiene que ser una pasada, verdad?
A Carla se le escapó una sonrisa burlona. Miradas entrecruzadas. Ojos verdes intensos, atentos y penetrantes. Pupilas que rivalizaban en hermosura a las profundidades de los lagos. Su iris helaba a cualquier sentido. Ágiles las respuestas. Su cabello, brillante como el negro azabache, duro e intenso. Su perfil oculto, jugueteaba entre las sombras de la ventanilla, silueta ágil entre contrastes de luces tenues. Caprichosos aros de luz, reflejos que se filtraban hacia el interior, al paso veloz de las farolas.
- Más bien debe ser desconcertante. La verdad es que todavía sigo inquieta. Para un momento y piensa que de estar en un placido sueño en menos de un chasquido nos vamos por ahí de paseo, sin haber tomado una decisión consciente, la verdad que no deja de ser preocupante. Sería quedarse sin libre albedrío. ¿Verdad?
Carla llevaba razón, la verdad es que verte a ti mismo suspendido en el espacio y que tu cuerpo continué, como si nada, en esa morbosa modorra, no podía dejar a nadie indiferente. Mientras la razón crea esa cierta desazón de la que Carla me comentaba, recordé que alguien dijo alguna vez: “el poder de la razón crea sus propios monstruos”. Preguntas sin respuesta. Intentaba aparentar seriedad, sin trascender más la conversación, aunque no hablaba del todo de veras. Me tenía calado, por eso solo me siguió el juego, como tal cosa.
- ¿Sabes? Estoy pensando como hacer un viaje de esos. ¿Como seria? ¡Como llegar a un restaurante exótico y pedir un viaje astral, a la carta, y para esta noche por favor! Miraré en Internet como va este tema y trataré antes de dormirme de ponerlo en práctica. ¿Que te parece?- Una mueca leve se me escapó, desde la comisura de los labios.
-¿Un astral de esos no? Apropiado al menú del día y con el beneplácito del chef-un guiño cómplice y empático acompaño a las palabras de Carla-. Parece como el que se toma una hamburguesa con queso, ¿ya sabes? Para algunas personas este es un tema muy serio. Luego no me vengas con: “¡Carla por las noches veo muertos!” Desde luego para encapricharme de ti, hay que andar por “el sexto sentido”-esbozo una sonrisa seductora, agradable.
Comenzando con tono festivo me convenía cambiar de página. Siempre es mejor un punto y a parte a tiempo que empalagar las situaciones.
Dejé a Carla en la puerta de su casa, con beso furtivo, preludio con signos de comienzo. Aquella noche había acabado. Me disponía a entrar en mi cama, con el baso de leche fría en la mesilla, como siempre, cuando tuve la última ocurrencia del día. Miré al portátil, intrigado, lleno de preguntas que aun no había conseguido disipar de mi mente, hurgando en la curiosidad. Me empape bien, leyendo con suma atención hasta que me atreví con un experimento.
-Primer paso: Cerrar los ojos, y tranquilizar todo tu ser.
-Segundo paso: Concentrarme en un punto fijo, a una distancia de metro y medio, dos a lo mucho.
-Tercer paso: Procurar que se levante el cuerpo pero sin moverlo. Que la energía que hay en tu interior tenga la intención de salir. Suspendiéndose la conciencia fuera del recipiente, al ejercicio y servicio de los sentidos.
-Cuarto paso: Sentir una electricidad estática que se transmite a forma de cosquilleo, picor y multitud de censores pequeños que se deslizan anárquicos entre las venas. Bullen cada vez más, prestos hacia el encuentro inesperado, hacia las incongruencias de la razón.
-Quinto: El momento clave. Punto más álgido del trayecto, la culminación del clímax. Palpar y probar intensamente con el acenso, la realización final del proceso, descifrar la clave tras el hecho consumado.
 ¡Caramba! Mi cuerpo se desplaza, se despega como un chicle anclado en tierra. Sensación de estar sumergido en un nuevo universo. Los músculos comienzan su estado de cansancio, agotamiento físico.
-Sexta: Despertar, abrir los ojos con escozor en los parpados, hormiguillo destemplado con sabor a desilusión. Parecía que no había pasado nada en absoluto.
-¡Pero! ¿Quien esta durmiendo hay? ¿Quien ha entrado mientras dormía?
-¡Pero! ¿Con quien hablo? Me pareció estar hablando con alguien tan parecido. Cuidado hay algo más que esta pensando en mi interior, a la par, pero con autonomía propia. ¡Horror! Sensaciones encontradas, al libre albedrío, siendo el mismo pero atrapado en dos, divididos a la vez. Respuestas a mis propias preguntas, llamadas desde el otro lado de mi reflejo, sombras dispares chocan contra el espejo del cuarto de baño. Ligero, ágil, flotando en atmósfera cero.
Acto seguido me aseo, intentando llegar a la tranquilidad, a esa normalidad más absoluta.
¡No, todo, todo, no esta como debiera! El vaho del agua caliente del grifo se impregna al espejo, dejándose ver algunas sombras que actúan a los movimientos de un reflejo, por cuenta propia, sin autoridad ni mando de mi consciente. Imagino que podría salir de mi interior un grito de chica, estilo “Saw”. ¡Que angustia! Broma macabra, sensaciones indeseables, que pueden salir muy caras.
¿Y ahora que? Habrá que pensar en ir a algún sitio, desplazarse con los sentidos, con efecto permanente, sin domino de la situación. Siento que estoy en dos cuerpos a la vez. Un verdadero dilema ¿Pero con cual de los dos quedarse? ¿Como cargar con tantos sentidos nuevos a la vez?
Pensemos que escribimos una historia. Ha de ser de un día cualquiera, con mañana de cielo limpio y claro muy soleada. Época la edad media. ¡Valla empieza la cosa a salir del revés! Despierto, es un amanecer lleno de humedad, bruma y niebla baja y espesa. Esto no es lo que había programado, maltrechas las primeras intenciones viajeras. Aunque si que parece la edad media. El olor a tierra mojada se mezclaba con la nieve suspendida en capas blancas, ayudando a suavizar los rescoldos de las brazas que rodeaban a unas murallas casi en su totalidad derruidas, en apariencia decrepitas. El ligero y ascendente humo que salía de las ascuas moribundas, los estandartes abandonados, los escudos maltrechos, todo indicaba no haber pasado mucho tiempo después de alguna catástrofe, batalla, acto violento o extremo.
Creía que solo necesitaba concentrarme, que todo estaría conseguido con solo desear donde querría encontrarme pero resulto no ser así, los actos no los dominaba ni eran vasallos a la vez de mis voluntades.
Una carreta enorme, gigantesca y vacía se alejaba por un camino estrecho, tirada por un par de bueyes sin nadie a su guía, como si conociesen de memoria su destino. Se adentraban en una vía arropada entre la arboleda que apenas dejaba filtrar algún reflejo, tonos sin brillo, marcas y huellas invadidas por el fango. Siguiendo el sendero opuesto al dejado por el carretón de madera, con paso lento contagiado del lúgubre y sombrío lugar, me iba acercando cada vez más a las murallas de una ciudad desierta, de la que no se oía nada, ni a nadie. El silencio era extremo, duro, compacto, firme y sólido. Hasta que despertó el silbido del viento, el aire cargado en humedad bañaba mi espalda. Eché un vistazo tras mis pasos, la estepa blanquecina, se dejaba sentir la corriente ligera, dulce tañido sobre los campos de trigo madurando para la siega, ondulados como un mar casi en calma, espigas flexibles y sinuosas, formas hinchadas por la brisa, deslizándose a manera de una danza, presagio a la tristeza. En un recoveco de la muralla, se entraba a una especie de cementerio, algo reducido, con una docena de lápidas, alineadas en dos filas simétricas, de a seis cada una. Fue curioso al fijarme en ellas, el no encontrar inscrito nombre alguno. Desde mi base donde me encontraba, se escalonaba de manera ascendente, recostada y empinada un palacio completamente desierto, casi en ruinas. Aprecié desde sus terrazas terminadas en columnas, una mirada vigilante, llamada instintiva. Una joven apoyaba su cuerpo menudo y ligero contra una de esas pilastras. Contemplaba inmóvil el fin de una ciudad perdida en el vacío de las sombras. Oculta tras un manto, cubierta desde la cabeza hasta los pies, sudorosa. Respiración abatida, desaliento provocado por una humedad bochornosa, repentina e insoportable. Se fue borrando lentamente su silueta, a la vez que se iba despejando la espesura de la niebla, el sol apenas conseguía hacerse un hueco entre las capas frondosas de la calima, hasta poder identificar a mi lado la silueta y el contorno de doce damas, similares a la joven de hace solo un instante. El trazo de sus siluetas, sus cabellos negros y rizados, caídos suavemente sobre sus delicados y finos hombros, hacían que no pudiera contemplar por completo sus rostros, aunque los sentidos me hacían presagiar que me encontraba muy próximo a Carla. Idénticas, como almas gemelas. Cada una portaba flores recogidas a su pecho, con pose de tristeza, amargura afligida presa del estado de ánimo. Pero no podía hablarle a ninguna, ni expresar movimientos propios y voluntarios ni por asomo. Daba la sensación de ser un espectador silente, para nada sosegado. Menos tranquilo aun estaría, al aclararse más y más la espesura de la bruma que permitía poder contemplar a una por una, desde la más absoluta nitidez de sus rostros, siendo estos más reconocibles, siendo respuesta clara de mis presagios. Posicionadas al frente de sus respectivas lápidas, como si a cada tumba les ligara un misterio universal. Algo que se escapaba a mi comprensión y que me tenía sujeto como una estatua a la tierra. Impactante fue encontrar que las doce tumbas cada una por igual contenían una misma inicial. Cual no sería el asombro provocado. El más vil de los espantos al descubrir en cada una de ellas las iniciales pertenecientes a mi nombre y apellidos.