viernes, 20 de febrero de 2015

Cuando llega el fin



Mirando al mar, sentado y solitario en la arena cálida, veía amanecer insensible, solo percibía la naturaleza que le acompañaba en plena soledad, como siempre. Temía a la madrugada, a cada segundo que le quedaba por vivir, esa noche había sangrado la luna compartiendo sus penas, sórdida y mezquina ante sus plegarias. El pasado había devorado su alma, sus sueños, sus metas. Solo le quedaba la imaginación por compañera, aunque a veces le costara abrir su puerta. Enemigo de la guerra y las batallas, solo se las arreglaba para meterse en líos indeseables, aunque se hundiera mil veces en el barro el hacha de guerra, salía adelante.
 Llego aquel amanecer único. Sabía que esta vez no lo conseguiría. Parecía tan fácil vivir auto engañándose, pero los juegos acaban, había que llegar siempre el primero, comerse los unos a los otros, los golpes del contrincante lo tendieron en la lona más salvaje, intentar se convertía en renuncia y abandono ante la inutilidad de permanecer en la brecha, aroma al revés constante.
Creyó que Dios se había olvidado de él. Admitió que la recta final no era más que hacer tiempo, y verlo todo pasar. Pero los años se iban haciendo fríos, como bloques de nieve sin nada dentro, más que desolación y hastío. No tuvo la suerte de encontrar su camino dulce, aquel que le llevará a algún lugar al que quisiese llegar. Hay personas que les pasa estas cosas, cogen un vaso de agua y se les rompe en las manos sin saber el porqué. Dicen que los hay con estrella y los estrellados. Lo malo es que bañado en desgracia, aparece una pancarta que mordisquea desde lo más dentro del cerebro: “Cerrado por Vacaciones”. “Llegó usted a la meta, le toco perder siempre, que le vamos a hacer unos ganan otros pierden” “Lo sentimos, puede volver mañana pero sería perder el tiempo”.
Seguía allí, junto al mar más bello del mundo. Cerró los ojos y vio salir de las aguas, mecida entre las olas, a la mujer que siempre deseó tener. La pasión se convirtió en deseo, y el deseo se iba haciendo realidad cuando ese ángel tan maravilloso, se iba acercando, se sentó a su lado, sus pies se hundieron en la arena, y supo que su presencia única sembraría la luz más cariñosa de cualquier noche oscura, sería su guía, su nueva compañera, y podría amarla para siempre.
Dios le perdono los pecados, le concedió el paraíso de Adán y Eva, por una eternidad, pues él había amado a Dios siempre, pensaba que se lo debía. Una recompensa mientras miraba a su amor, y esta le decía: “Cada vez que me amas es un milagro”.  Los sueños, sueños son, lo dijo alguien muy importante en la literatura. Su amante era la sustancia de su sed, sus lágrimas le quitaban la necesidad de beber. Sus ilusiones eran las suyas, su voz resucitaba sus latidos enterrados, sus manos cuando le tocan le hacen estremecerse de dicha. Alguien o algo, había escuchado sus plegarias.  
Quiso estar entre sus brazos, así, sin lascivia ni secretos, solo quería seguir ese momento eternamente, pues tuvo lo que nunca había tenido, ternura, delicadeza, suavidad a su tacto, todo lo que le hacía falta a un ser vivo de carne y hueso.
El amor es en algunos momentos de nuestras vidas lo único que nos puede sacar de una decepción terrible y constante, aunque lo supo siempre, creía estar condenado a que nadie lo tomará en cerio. Es el único calmante a sentirnos solos, tan solos en el universo, le hacía falta, solo dos segundos de ternura, balsámico suficiente para andar un poco más entre el vacío de las sombras.
Abrió los ojos, miro de nuevo a su lado, y no había nadie. Salieron del mar tres figuras cercanas a su recuerdo, esta vez sin cerrar los ojos. Una era pequeña. Silueta de niño. Un chiquito risueño, expresión inocente y algo de memo, con cabellos y ropas estilo de los setenta. Otra era con forma de adolescente, con gafas, mirada y aspecto bobalicón, con sonrisa candorosa e ingenua. La tercera más alta y más echa era la de un señor con cuarenta y tantos años, con barriga incipiente, y frente casi despoblada, parecía buena persona. Tendría que haber una cuarta figura, la que correspondía a la vejez, pero no estaba ni se le esperaba. Se acercaron a él. Lo rodearon con calma, le transmitían paz, alegría, esa felicidad que nunca había conocido. Le ayudaron a levantarse, los tres a la vez, dejó sus ropas, su mochila, todo lo material que se encontraba a su lado, y se fueron metiendo en el mar agarrado de sus manos, estaba en medio, avanzando sin mirar atrás, de donde marchaba nadie le esperaba, los tres eran uno, y el único ser divino, le esperaba en alguna parte, tenía que ser así y lo sabía.
En el fondo del mar su amante imaginaria le esperaba en nueva vida, de alguna manera empezaba la dicha llena de realidades y no esperanzas infundadas en la nada. Las fuerzas llegaron a su cuerpo, estaba naciendo sin ser un niño. No habría más noches inciertas, no intentaría besarla, pues no tendría nunca más el beso de nadie. Las horas no se contaban, los relojes no existían, solo le acompañaban los gestos de su amante, ya no tendría que buscar el mañana, el hoy era eterno y no se cansaría jamás, no habría que dormir para soñar. Lo fácil empezaba ahora, aunque había sido muy tarde, se dio cuenta que merecía la pena. Llegaron a un lugar distinto y nuevo, la besaba sin parar, y ella quería ser besada, sus manos la tocan y se mueve con tal dulzura que parece que enredara al aire con sus gestos de amante.
El cielo se había hecho esperar. Cupido cambio de estafador y delincuente, a un buen amigo que hace sus deberes, los tesoros se dejaban encontrar, y Venus lo acogió entre sus brazos. La bestia se hizo bella, y las estrellas no caían del cielo dándole en su cabeza, ahora bailaba un vals junto a ellas. Enamorarse ya no estaba prohibido. El dinero no existía, pudiendo comprar lo que no se vende, el amor dejaba de ser una mercancía engañosa, los espejos no se usaban, todos los que se reunían allí eran hermosos y agraciados. La tierra podría explotar en confeti y diamantes, pues sabía que no formaba parte de su mundo, solo se veía la Luna, más grande y hermosa que nunca. Parece que el verano es templado, nunca se acaba, las mil y una noches eran en lugar de cuentos magníficos poemas. El sol formaba parte de un grano de arena perdido en el firmamento más azul, tranquilo y suave que podría soñarse, pues el espacio podía tocarse con la yema de los dedos.

miércoles, 18 de febrero de 2015

El Engaño



Sorprendía la tarde rápidamente como un relámpago seco y violento. Las hojas secas del otoño caían a un ritmo pausado, firme e imponente, al capricho que le marcaba el viento. Todo era visible por la inmensa cristalera con forma de ventanal en arco de medio punto del salón de Tomás. El paisaje enrojecía a pasos agigantados entre sombras amenazantes, preludio a la tormenta. Rebotaba el ruido a chasquidos de la chimenea contra la mampara cristalina de vitro cerámica, haciendo unión caprichosa, con los compases de piano a ritmo de Mozart, lo único que rompía el silencio en toda la casa...
Tomás leía la partitura, sus manos fluían solas como dependientes de su propio cuerpo. Le costaba concentrarse. Sus dedos obraban por voluntad propia. Otros pensamientos invadían su tranquilidad, derivados de las preocupaciones y los miedos.
Miraba fijamente la foto que estaba en la repisa superior de uno los estantes que rodeaban el salón lleno de libros. Mejor dicho casi todas las habitaciones rebosaban de libros. Su cabello largo y rubio quedó reflejado con el brillo vivo del sol para mucho tiempo y con más fuerza e intensidad aun. Su rostro juvenil engañaba al paso de los años, invadidos por los cuarenta y tantos. Su sonrisa llena de felicidad inocente le miraba, rodeándole con su brazo derecho por el cuello y él le devolvía la sonrisa llena de una expresión esperanzadora pero que quedo solo en un esfuerzo vano. Susana murió unos meses después de ese instante por un cáncer agresivo. Aunque ya hace de aquello un año, la tranquilidad para Tomás aun no había llegado entre la soledad diaria de su hogar. Los remordimientos mal entendidos, no le producían nada más que auto atormentarse. No pudieron tener hijos. Revés y contratiempo que no les impidió intentar ser felices al principio. Siempre llenos de falsas ilusiones. La estabilidad económica y social les ayudaba a guardar esperanzas para un arreglo próximo. Inventarse entusiasmos, arañar a las emociones dentro del fuego del deseo vivo. Un amor que caducaba. La pasión se marcho de viaje sin rumbo fijo, llegando al fin de su camino sin avisar.
Es cierto que Susana desesperaba en una angustia intensa e interminable, ante el anuncio de una muerte cercana e inminente, a la vez que buscaba consuelo en Tomás, que planeaba entre ella y la obediencia debida a su profesión de altos vuelos, a la que igualmente amaba por igual, o posiblemente mucho más. Lo que derivó en reacciones y acciones desesperadas. Búsquedas envueltas en soluciones imposibles. Algunas absurdas, otras oscuras y sombrías, a la vez que peligrosas. Recurrió a adivinos embaucadores, magos, hechiceros, encantadores de serpientes. Si Tomas hubiese estado a su lado como tanto necesitaba de su ayuda. Antes, veinte años atrás, Tomás sabía darle a la tecla que le proporcionarle la paciencia y la calma que tanto añoraba. Pero Tomás usaba su talento a completa dedicación y voluntad máxima al servicio de cualquier interés económico, ideología partidista afín a sus metas, sin preocuparse del valor ni contenido de sus consecuencias. A la vez que se olvidaba del acercamiento final de la tragedia. Acabó por abandonar a Susana, pues moría sola en un Hospital desierto, sin familiares, afectos piadosos, aislada totalmente en cuidados intensivos, siendo consciente de que Tomás era incapaz de afrontar junto a ella aquella situación. Entonces para Tomás lo fácil era el refugio del trabajo, alcanzar otras metas, la salida de escape de los cobardes, utilizar el sexo desmedido con amantes espontaneas que salían a su paso del desahogo entre el desborde que le producía la desgracia.
Solo un par de horas antes de intentar relajarse, después del trabajo, recibió una llamada inesperada. Uno de los ocultistas más afines a Susana, que la trató en su última sección, le intento comunicar a Tomás, sin suerte, su preocupación y aviso, ante las posibles experiencias desagradables y extrañas que notó en Susana justo el día anterior a ese último adiós. Tomás decidió no perder el tiempo en lo que no pertenecía a lo palpable y tangible de los hechos ocurridos. Lo que le llevo a despacharlo lo más pronto posible, dentro de la corrección y la educación que le gustaba tener con todas las personas conocidas o no. Disposición ante los problemas, en la mayoría de los casos con encanto, cualidad del abogado ingenioso, para imponer esa grata, aunque falsa impresión a todos los seres que le rodearan. Disponía de un bufete de abogados con gran prestigio, estaba en la cima del éxito, todo salía como esperaba de bien, el optimismo y la reputación le estaban exprimiendo su buen interior sin él saberlo aun.
 La botella de whisky cayó sin romperse al suelo. Tomás tras el último trago llegó a su habitación a duras penas. La media noche continuaba envuelta por relámpagos y truenos. Una vez en la cama seguía percibiendo entre sus sentidos el aroma perfumado y el suspiro de alivio que exhalaba Susana después de una buena velada de las de antes, aquellas maravillosas medias noches de hace mucho, mucho tiempo.
La bruma del mar se filtraba misteriosa con vida propia por entre las cortinas finas y suaves del dormitorio de Tomas. Aun quedaban un par de horas para la aurora. La claridad del alumbrando del parque casi pegado a su casa invadía su primera visión borrosa tras una desagradable pesadilla. Entre sombras juguetonas del techo, vislumbró confusamente un objeto indeterminado que le provoco cierta inquietud, un par de segundos después un aplique colgante que simulaba el tejido perfecto de una telaraña se fue revelando como tal realidad. Tras la descarga de aquella resaca machacona y sofocante, el sudor seco de su frente señalaba a la última alucinación desagradable que le haría despertar en otro inesperado sobresalto. Tomás creyó que aquella pesadilla guardaba alguna razón indescifrable. Quizás, algún presagio sin conjetura visible ni manifiesta aun. Algo temía, un presentimiento sin descodificar. ¿Y si el médium en el que más confiaba Susana llevara razón y alguna cosa incomprensible no había terminado bien? Es cierto que no era la primera vez que aquel parapsicólogo le avisaba de que Susana no se había marchado tranquila del todo, que algo la tenía asustada e insatisfecha, algo que solo pensarlo le producía dolor e inquietud penosa.
Poco a poco empezó a encontrar voluntad y fuerzas para moverse. Se preparó cinco minutos después su café doble con azúcar. La noche cerrada seguía firme e invasora tras las ventanas. Solo encendió un par de velas rojas, bajas y gruesas de la cocina. Con la taza de café entre sus manos, aun vaporosa que le ayudaba a soportar ese frío húmedo e irritante, miraba conmovido, como perdido entre visiones vagas y errantes, sin poder articular palabra, la cristalera corrediza del salón de estar. Esta daba al parque exterior. Más bien al laberinto inmenso, llamado quizás por esa razón, de “Dédalos”. Situado a las afueras de la ciudad, se componía de bulevares y rondas brillantes de césped hermoso, bien cuidado y preparado incluso para el duro invierno que avisaba desde este otoño gris y lluvioso. Explanadas y plazas rodeadas de una treintena de fuentes bien ornamentadas. Representando entre sus anchos y espaciosos estanques alegorías perdidas en el tiempo, de la más misteriosa e intrigante mitología griega. La niebla teñía el espacio con un cariz violento. Brumas cargadas de humos grises que dejaban espacios apagados y tristes.
Para combatir aquella apatía perezosa tras el despertar en marea alta y amarguras inesperadas, tomo la decisión de recuperar la estabilidad mental y más sana en su situación. Acceder a la vuelta de nuevos propósitos es una buena salida ante la tempestad. El planteamiento y la motivación de realizar pequeñas metas diarias, establecen en el interior del ser humano una carga de energía sana y saludable. Plan que se basaba en hacer un par de horas de carrera, que mejor en su querido parque.
Al ponerse la sudadera algo le llamó la atención. Al reflejarse en el espejo del cuarto de baño comprobó que tenía unos arañazos largos aunque no profundos en el pecho, costado y cuello. Los rasponazos dejaron señales superficiales que le hicieron recordar. Susana tenía por costumbre en una de esas noches de loca pasión dejarle similares recuerdos. Marcas que podrían durar entre una o dos semanas.
Llevaría corriendo una media hora por aquel inmenso jardín donde se cultivan también plantas ornamentales de todo tipo, damas de noche, jazmines, rosas rojas, flores de diversas especies que permanecían lustrosas y rebosantes de vida sin pertenecer aquel lugar a su habitad más natural. Poco a poco las calles de tierra blanquecina del paseo se iban convirtiendo en pendientes suaves pero agotadoras. Llegó a la cima de la colina, cuando se sintió repentinamente cansado y exhausto, tanto que tuvo que parar la marcha en seco. Respiró y emanó fuerte el aire húmedo, inspirado por la nariz y exhalado por la boca, a ritmo lento, como remedio a unas repentinas nauseas. Incluso tuvo que buscar un banco próximo al encontrarse con falta momentánea de equilibrio. Agacho algo aturdido la cabeza, a la altura de sus rodillas, para ver si se le pasaba aquel inesperado aturdimiento.
Lentamente fue recuperando el aliento, a la vez que el ritmo cardiaco. Los mareos muy pausadamente se fueron disipando a la vez que la niebla espesa fue borrándose lentamente. La fuerza del viento perdía su fuerza. La lluvia intensa cesó de golpe, sin que se llegaran a desbordar los cauces y caudales laterales de la vía peatonal del parque. El carril bici resbalaba por la escarcha nacarada y traicionera adherida con fuerza al asfalto. Estaba a escasos metros de la cota más alta de la loma. Llamaba la atención de la vista debido a una planicie horizontal en la que se encontraba una fuente elegantemente adornada. De caracteres y representaciones repletas en imágenes de leyenda. Ícaro relucía soberbio, altivo y presuntuoso en lo más alto, cerca del sol. Sus alas débiles y engañosas le escarmentarían pronto en pleno vuelo. No escuchar los consejos de un padre artesano e inventor de dicho invento puede llevar a que estrellarse sea el final más próximo y doloroso.
Tomás una vez recuperado del todo quedó maravillado y asombrado a la vez  por aquel estanque coronado en la imagen central por aquella majestuosa fontana de la que no paraba de manar agua clara y fría. En su centro alboreaban los primeros rayos templados, clareando al día los primeros azules suavemente difuminados. Acompañaba como colofón final a un retrato eterno y digno del mejor museo, una maravillosa aurora boreal que coronaba de forma agigantada aquella espaciosa meseta.
Se fue acercando lentamente al conjunto de la escultura, amontonada de múltiples imágenes mitológicas que rodeaban a menos nivel a la principal. A parte de la figura central y más destacada tanto en tamaño y altura de Ícaro, se divisaban dentro del estanque a Dédalos, artesano, arquitecto e inventor famoso que aprendió de la mismísima diosa Atenea, de la que se encontraba igualmente su figura, fría, callada y silenciosa, reina majestuosa que agrupaba en esa ocasión una reunión muy concreta. La reina Pasífae, maldecida y renegada, junto a su amante astado, provisto de cuernos, al ser literalmente un toro. El rey Minos retorciéndose de rabia, asesinado en un baño de agua abrasadora por las hijas de su propio anfitrión, a orden y mandato del rey siciliano Cócalo.
Tomás amante de mitos y leyendas, estudioso en personajes mitificados, ocupación que empleaba en sus ratos libres, se quedo atónito más aun cuando dentro de ese conjunto escultórico, encontró dando la espalda a todo, una efigie desplazada del grupo, a la que no catalogaba en lugar alguno. Más preocupado, cuando al acercarse a esa figura de mujer envuelta en una túnica negra, sin poder identificar sus facciones, al estar cubiertas en sombra absoluta, observo que aquella misteriosa silueta, le era extrañamente conocida, o que le recordaba a algo o a alguien, pero que no establecía referencia en concreto dentro de su memoria.
Confuso y algo desorientado después de ese momento, volvió a casa, encontrando el contestador encendido, tenía varias llamadas. Una de ellas era de una ex secretaria a la que tuvo que prescindir de sus servicios al extralimitarse en una relación que llegó a mal puerto o demasiado lejos. Aunque quería a Susana, sus éxitos profesionales le llevaron a ser el centro de atención de muchas deseosas entrometidas por conseguir al hombre del momento. Ante tanta gloria, la vanidad engañosa le tentó de tal modo que se dejaría llevar en brazos de mujeres espectaculares, atractivas e interesantes, a escondidas de su esposa. Desde hacía tiempo que no contestaba a ninguna de esas llamadas en concreto. No podía dejar de guardar un cierto luto ante la pena que le embargaba. La soledad le invadía. Tenía deseos de que volviera a su lado su única y verdadera amante, a la mujer de su vida, a su Susana. Con un cierto sentido del remordimiento, pues era consciente desde su conciencia que la había casi abandonado cobardemente a su suerte, los últimos momentos de su vida, refugiándose en otros menesteres que le ayudarán a no afrontar lo irremediable.
Sintió un manifiesto deseo por volver donde había estado esa mañana. Aquella camarilla de historias juntas en aquel estanque fielmente ornamentado, le hizo querer volver lo más pronto posible, sin tiempo que perder. 
Una vez allí, en plena noche fría, pero despejada de niebla alguna, cielo raso, observo asombrado desde la laguna artificial que la figura de mujer envuelta en una capa negra no estaba entre las demás estatuas. Si que se encontraba ese mismo amanecer con las demás. Había salido de repente, dejando un vacío entre aquella serie de relatos, sueltas las unas con las otras pero relacionadas entre sí. Desaparecida la talla que por su expresión oculta sin iniciativa propia, ni crónica que contar, se hacía a si misma intrigante. Lo cierto es que se había escapado como por arte de magia y eso le preocupaba a Tomás más que le intrigara.
El vaho del aliento se hacía más intenso en su respiración debido a unos repentinos nervios que le incomodaban. No comprendía que habría pasado. Mientras seguía allí inmóvil. Quieto como una de aquellas personalidades pesadas. Una mano descubierta, frágil al tacto pero firme, le toco el hombro izquierdo por la espalda. Tomás comprobó que no podía moverse ante aquella llamada, ni volverse para identificar a quien le avisaba. Se encontraba totalmente inmóvil. No era capaz de controlar sus propios actos, ni deseos. Estático, solo noto unas gotas de sudor frío que le caían por sus sienes y le resbalaban por su frente. Petrificado como estaba, solo noto que su posición actual no era la que tenía cuando sucedió tal cosa. Solo podía mirar al frente. Por la posición que vislumbraba supo que se encontraba en el mismo lugar donde se encontraba horas antes aquella dama indescifrable. Poco a poco, muy lentamente fue entrando en su único campo de visión de que disponía, aquella mujer tapada por entero, que ahora era ella la que podía desplazarse, articular movimientos, y la que le observaba a él, con descaro y frescura.
Descubrió su rostro. Identifico su cabello rubio, ahora más plateado que como la recordaba, su mirada azul e intensa, su rostro tierno y dulce, susurro una voz tersa y cariñosa pero no falta de todo reproche:
-        ¿Tomás porque me has hecho esto? ¿Por qué me has engañado todo este tiempo? ¿Tan importante era llegar tan alto, dejándome tan terrible final, moribunda y sola? ¿Tenías que ser un gran profesional de altos vuelos, como Dédalo que esta a tu espalda, con el único interés de realizar tus metas profesionales? ¿No sabías que estaba sufriendo también por ti? ¿Que sabía que me estabas engañando con otras, cuando más te necesitaba? Siempre metido en tu mundo del éxito a cualquier precio, sin preocuparte de tus antiguos valores, esos que olvidaste con el tiempo. Ahora el contenido de los errores pasa factura con sus consecuencias. Hasta siempre amor, quédate como Dédalo caído entre las aguas. Húndete con tus ambiciones traicioneras. Desafía al amor que te quiso. Ignora los consejos sabios de quien bien te quiere. Vuela alto sin control y achicharrate tu mismo. Desciende a los infiernos como Ícaro entre sus alas unidas a su cuerpo en cera, chamuscadas y marchitas para toda la eternidad. 
A Tomás solo le llegaba la vista del horizonte más cercano hasta sus manos envueltas en la mangas de aquella capucha negra oscura y misteriosa que taparía para siempre su rostro y facciones reconocibles. Susana desapareció silenciosa, vaporosa en humo…

viernes, 17 de octubre de 2014

A papa le dio por escribir



(Historia ficticia de un ladino y astuto escritor).
Fue en un pequeño pueblecito de la Pampa húmeda de Argentina, todos los recuerdos quedaban marcados por la lluvia. Allá nació D. Agustín, sus primeros rayos de luz los contempló en Rojas, a comienzos de la década de los treinta del siglo XX.
Dicen que dentro de la Pampa se haya la inexistencia y la falta del retorno, con ausencia de matices, donde nunca encuentras nada pero a la que no olvidas nunca. La Pampa causa la gran nostalgia para quien un día la abandona. Es donde poder recordar rescatando en el pozo de la infancia. Un lugar para poder reflexionar con el cantar de los pájaros, disfrutar de las lagunas, contemplar atardeceres y crepúsculos que dejan reflejos e instintos imborrables para la alegría de la memoria. Lugar lleno de ensueño. Un orden necesario dentro del caos. Igualmente refugio para las sabandijas asustadas que se metían siempre en sus propicias madrigueras.
D. Agustín odiaba perderse en un mato groso imposible como tal cosa. Como tampoco le gustaban los ríos, mares y océanos. Igualmente despreciaba los pantanos, pues pantanos hay muchos, y es fácil empentarse. Era un espacio idóneo para el escritor que llevaba dentro.
De joven era como muchos de sus paisanos, un miembro tranquilo en sociedad. Aparentemente de puertas para afuera. Zagal inquieto, discutidor agudo, hombre de café y mate. Carnal al máximo, un problema grave, pues todos los vicios se le reflejaban en el rostro desde pequeñito. Se delataba a sí mismo sin pretenderlo. Se fue convirtiendo con el paso del tiempo en un hombre de textura filosófica. Atraído por los mitos y los símbolos, lo que le llevó a cambiarse de nombres y apellidos. Sufrió las consecuencias del mundo de la razón derivadas del mundo de la irracionalidad. El hombre para él era razón pura, y la razón crea en ocasiones monstruos que son los mismos hombres. Los perros flacos acaban por dar vueltas sobre sí mismos, terminando por morderse su propia cola.
D. Agustín volvía siempre a su pueblecito rural de origen. Vecindario de agricultores. La Argentina fue a principios del siglo XX patria de inmigrantes y expatriados europeos. Municipio perteneciente a la provincia de Buenos aires. Un pueblo con orígenes españoles, los gallegos. Ascendencias francesas, italianas, alemanas, eslavas. También  libaneses o turcos, apodo que se da a todos los pertenecientes al  imperio otomano.
D. Agustín “el matemático”, era un hombre que dedico sus ratos libres a la lectura que le inspiraba y enriquecía en su vocación de escritor. Sus contemporáneos denominaron su obra como literatura. Sus relatos nunca fueron fieles a lo que plasma una fotografía. Las palabras se juntaban dando sentidos a los sueños. Las transcripciones que da el sopor en pleno letargo suelen ser fantasmagóricas, casi nunca exactas a la realidad. Se propuso cosas grandes al decidir escribir. Lo mínimo que se le podía exigir a un hombre es que fuera perfecto, lo intento siempre con esfuerzo y ardor.
Padre de dieciocho hijos y todos varones, no concebía por hogar y domicilio un lugar tan cargado de testosteronas y adrenalinas desbocadas. Esos nerviosismos y alteraciones le sugirieron pisarlo poco. Le sobraba esa tensión después de su jornada laboral abarrotada de muchachos feroces y tan cafres.
La mama cuidaba a sus hijitos de cuatro en cuatro, de grupo en grupo, todos a la vez pero nunca mezclados, aparecieron los primeros clanes y bandas en la vida cotidiana de la familia. A parte de santa, fue siempre una erudita en inventos prenatales necesarios, realizados con materias primas sacadas de la naturaleza, pues ya podes tener plata, que dieciocho hijos son muchas bocas que alimentar.
Su residencia era un cuartel de régimen severo. A D. Agustín no le quedó más remedio que ser duro, poco candoroso, algo violento, para nada generoso. No permitir motines para sacar adelante el barco con tantos rebeldes dentro solo se podía conseguir con recia disciplina. Cuando sus hijos se dieron cuenta de su verdadero interior, ya se había muerto. La vida es así, no pudieron ofrecerle su afecto al necesitar dárselo, era tarde. Se marcho, en su último viaje a ninguna parte al ser ateo. Hablaron los hermanos del gran padre que tuvieron. Muchas anécdotas surgieron a la luz. Era el momento apropiado, entre sus añoranzas, llantos, dolor, pero agua pasada no mueve molino.
Albertito el último del regimiento de dieciocho hijos varones, recordó en el velatorio de su papa delante de primos, tíos y demás familiares, una de las últimas anécdotas  curiosas y divertidas que tuvo con su papa, algo que le marcaría para siempre. Tan metafísico y filosófico cuando lo cogías de buen píe, con cuatro tintorros agitándose en su pechito. Albertito contaba con catorce añitos cuando entro en el despacho de su papa, para pedirle que le resolviera unas duditas. Albertito tenía una carita muy risueña, de carácter favorable e inquieto. Requeté peinado, con uniforme de bachiller, polo azul marino de cuello ancho, acabado en puntas abiertas por fuera de camisa blanca, pantalón de ejecutivo, zapatos negros brillantes. Lo pillo de tan buen ánimo que no le importó dejar sus tareas. Un nuevo discurso para una conferencia en la academia cultural y científica de ciencias matemáticas. Allí lo esperaban con los brazos abiertos, compañeros y camaradas conocedores deseosos de sus ideas originales, aperturistas en investigaciones y de aguda ironía:
-¿Papa cual es el placer al leer poesía? Casi siempre es tan triste. Muchos poetas aparecen en los libros de la historia suicidándose.
- Hijo, la poesía es desnudez, quedarte en pelota picada. Borges como muchas de sus desnudeces en sus opiniones dijo: “He cometido uno de los grandes pecados que un hombre puede cometer, no he conseguido ser feliz”. Esto lo dijo cuando ya tenía cincuenta años. Para decir eso a su edad te aseguro que hay que echarle pelotas. Borges poseía la profundidad del ser, y para eso hay que desnudarse. Lo malo es cuando te mirás al espejo como tu mama te trajo al mundo, por lo normal y en general encuentras miles de defectos y no te gusta. Te desnudas, se te enfría la mollera encontrando imperfecciones de tu propio ser. Coges una pulmonía depresiva que deriva en enfermedad terminal, sin remedio, te vas al otro barrio si antes no te has suicidado de pena. Al enterarse las vecinitas de mesas camillas criticarán que te suicidaste, dirán que fuiste un cobarde que no supo afrontar su propia carga. Pobre de ti como te puedan salvar del coma casi terminal, te señalarían con el dedo por la calle, se te caerá la cara de vergüenza,  para toda la vida y te entrarán ganas de suicidarte de nuevo. Por eso Albertito lo mejor es no ser nunca poeta.
- ¿Pero el poeta tiene que estar apenado siempre que escribe?
- No tiene por qué. El poeta toca la tristeza por la condición de aducción de los estados del ánimo. El poeta está cargado de sentimientos. Será normalmente inteligente e intuitivo. Captará óptimamente las emociones. Llegando a reconocer la sabiduría de poder reflexionar sobre la vida y la muerte. Eso deprime mucho si no se asimila bien y puede llevarle al suicidio. Al poeta lo anima una caricia, lo anima una sonrisa, una frase pequeña, modesta pero verdadera. Un poeta no puede ser siempre feliz, pues al venirle un revés descubierto intuitivamente al explorar los sentimientos humanos, se puede echar a perder, dejarse llevar por el abandono y el olvido de sí mismo. Aunque tiene este punto un aspecto positivo, los sentimientos dolorosos preparan para la muerte. Apreciaran más los pequeños buenos momentos, las pequeñas felicidades. El mejor y verdadero poeta, no suprime los sentimientos dolorosos, se prepara para la muerte digna. La vida hay que honrarla. Para honrarla hay que honrar a la muerte, las dos cosas van pegadas. Si no tienes tropiezos graves en la vida, no sabrás honrar a la muerte. En La Argentina el poeta es un pura sangre, no se suicida tanto, andan tan mal las cosas en este país, que todos, quien más quien menos, dicen: “¡Qué bien que venga la muerte!” Se preparan más para la vida. Aprecian esos buenos y malos momentos y los soportan mejor. Hacen equilibro con ellos, por eso en La Argentina los poetas llegan a ser tan longevos. También por esto dejan mejor huella entre los que les leen, al tener sus poemas una gran dosis de ironía sutil y disimulada al burlarse del destino que les aguarda.
- Papi tengo más preguntas e inquietudes. ¿Tenés tiempo?
- Contigo Albertito, cuando te ponés transcendente, el tiempo deja de tener tanta importancia, el momento es atractivo y arrebatador ¡Si, decirme!
- ¿Papito la felicidad es real o es un mito? ¿Para ser feliz de vez en cuando, hay que tener muchos amigos?
- Es más bien un mito. La felicidad es pura leyenda cuando necesita de los demás. La felicidad en sí, es estar contento contigo mismo.
- ¿Por qué? No lo entiendo del todo, no lo tengo tan claro.
- Todo es un cuento. La importancia de querer estar con los demás es puro altruismo. La felicidad es un mal entendido en el intercambio de intereses creados y compartidos destinados a la supervivencia y el bienestar propios del ser, nada más. Ser feliz es no necesitar a nadie.  Mirar, te voy a poner un ejemplo práctico. Hacer a Marcelo la siguiente pregunta – Marcelo era el lorito que compartía parte del tiempo y del despacho de papa - 
-¿Marcelo a quien querés más, a papa o a mí? – Albertito se dirigió al loro y le formulo esta misma pregunta. A lo que el loro respondió.
-A tu papa –
¿Y eso porque? Si yo te quiero muchito- Pregunto Albertito algo frustrado
 – Porque si tu papa me dura más, está bien de salud y feliz, tardaré más tiempo en no morirme de hambre y de penita- Después de decir esto el lindo lorito le dio la espalda literalmente a Albertito ignorándolo por completo todo ese rato.
El papa miró a Albertito, y pensó que le había dado una lección de lo que era la felicidad, un revés rebelado, que le duraría toda la vida, una carga. El loro Marcelo, se había pasado, ojalá no haya traumatizado al nene, pensó el papito. En silencio empezó a pensar si había sido aquel ejemplo una buena idea y siguió explicándole.
-Albertito te das cuenta que Marcelo no podrá nunca ser feliz. Me necesita. Mira que estúpido y boludo se puso. ¡Te habló hasta con algo de prepotencia! También es cierto que Marcelo es un loro frustrado e incomprendido, comprenderlo. Lo compramos en el mercado de los Incas, sucio y pelado casi. Sufrió demasiado, no comía y solo sufría. No tuvo una de cal y otra de arena, tan necesaria para ser feliz. Ahora se pone hasta el culo de comer, lo mimo, le hablo, lo tiene todo, lo que no tuvo nunca. Se le agrió el carácter, no supo asimilar. Al ser humano le pasa más y más y de peor forma y asimilación. Por eso el buen poeta siempre es tan solitario. Será progresista para alcanzar la resistencia en su paz interior y será sincero. Con esto respondo en algo a lo que me planteaste en la primera pregunta.
- ¿Pero entonces para ser buen escritor hay que ser sincero?
- Hubo grandes escritores amantes de sus semejantes, y salieron mal parados, creyeron que llegar a ellos sería a través de la sinceridad. Un error de lo más garrafal. Si eres así, puedes dar una conferencia en los EE.UU para jóvenes universitarios republicanos y decirles manifiestamente sin complejos:
-¡Soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio y no tengo remedio!-
 ¡Que rompe pelotas! Tenés un lio creador y narrador de historias. ¡Pobre literato necesitado de tener amigos! Tuvo que manifestar sus propias ideas, dejando la semillita estéril de su propia soberbia. Se sincero y eso lo mato. Los demás no tendrán porque necesitarte, pero necesitarán apalearte diciendo lo que piensas. Serás un prosista suicidado o asesinado. Serás un autor frustrado.
Albertito quedo traumatizado para toda su vida después de esta conversación con su papa. No volvió a tener más de esta índole. A partir de ahora peguntaría sus inquietudes al loro Marcelo. De hecho llamó a su primer vástago Marcelo. A su segundo retoño, una niñita muy tierna y dulce, se la bautizo como Marcela. Se casó con una esplendida mujer sin complejos llamada Marcelina. Una mulata esplendida de origen natural brasileiro. Nunca tuvo entre sus familiares loro alguno, si que tuvo chigua gua, fue al único que no se le designo con el titular de Marcelo. Albertito consiguió destacar y resaltar en su vida laboral como astro físico nuclear de gran prestigio. Escritor de novelas con éxito en ventas. Destacaba en el género negro psicológico. Flor y nata suprema en estas lides, con saga numerosa y superventas mundial. Ni decir tiene cual puede ser el nombre de pila del detective protagonista de la colección, al estilo de las obras de Agatha Christie. Ni que decir tiene quien descifraba y aclaraba cada crimen, compañero fiel del investigador. Cual lindo ser singular, lleno de cualidades intuitivas, desenmascaraba número tras número al presunto asesino en el último instante de cada capítulo. Delatando con una de sus plumas que dejaba caer muy sutilmente al lado del homicida o criminal de turno. Albertito también fue un espía reconocido y conocido entre la élite, mal presagio para un espía. Fue localizado y atrapado pronto por el enemigo. Se pudrirá por un tiempo en una cárcel libanesa. Tuvo la suerte que al carcelero se le apodará Marcelo entre los ambientes bajos de la prisión y se sintió durante un tiempo como en su casa.
Para D. Agustín la palabra amistad en la paternidad no le entraba en sus conceptos normales. Ser padre tenía que estar dentro de las jerarquías. Así de mayores los adolescentes podrían apoyarse en alguien que sirve de guía. Esa actitud resultó ser un éxito. Con el tiempo cambió algo de parecer, no del todo. Solucionó sus incógnitas, dudas y preguntas. Las que presentaba el presente, preparando las que depara el futuro, tal y como hemos visto anteriormente con Albertito. 
Hombre de profundos saberes y fuerte carácter, también fue muy lujurioso, muy promiscuo. Tuvo amantes a pares, a tríos. Galán apuesto y complicado sumergido en ambición viciosa. Sus grandes sueños, obsesiones y pasiones, se comprendían en hacer sexo todas las semanas con una esposa, una concubina o cortesana refinada. Todas a la vez pero sin llegar a montar una orgía. Las trataría con cariño y comprensión. No acabaran en el psicoanalista. No las quería alineadas, que llegaran a conocerse o saber de la odisea amatoria a las que estaban expuestas. No las deseaba mezcladas confusamente y sin orden. Todas tenían una agenda particular y propia, con sus nombres y caprichos apuntados correctamente. Le ayudaría a no enredar y complicarse la vida. Mundologías que llevaría siempre como bagaje de equipaje, un hombre de buena intuición. Un capitán de navío con una novia en cada puerto puede cagarla fácilmente. Fue un héroe entre sus concubinas. De una personalidad que dejaba huella como una estrella de Hollywood en la década de los cincuenta. De bigote fino y arreglado a la altura de la comisura del labio superior. Un alma de dios, complicada e inquieta.
Su espíritu tumultuoso acabo buscando distracción en las matemáticas, pues estas carecen de sentimientos. D. Agustín llegó a ser licenciado en ciencias de la matemática de forma compulsiva, luego se doctoro y consiguió una cátedra. Aunque lo deseó, nunca pudo dedicarse de lleno a la literatura, se hubiese muerto de hambre. Nunca lo vio como un porvenir extraordinario. Si bien, no le salió una afición infructuosa, le otorgaron premios graciosos y curiosos. A mitad de su vida, ya maduro, toco la fama, los medios de comunicación se encandilaron de su personalidad jovial. Se fascinaron con su carácter extrovertido, pues lo cambió a conciencia para lograr sus propósitos y metas. Le dieron a conocer de tal magnitud, que le proporcionaron sin querer, más amantes clandestinas, pues aun no existía la prensa del corazón hoy por hoy día entendida. Así pudo pasar desapercibido a la salida de los bares, salas de fiesta, conociendo la golfería a gran escala, empezaba a tener plata.
No sintió nunca desde su bondad interior ser un verdadero pacifista. Como ya dije le gustaba discutir y le proporcionaba placer. Lo suyo era un aula serrada donde solo se escuchara su voz. Más que verse influenciado por las ideologías del momento internacional, y el movimiento marxista externo al de su país, le atrajo dentro de una compostura natural, la alegría, la piedad por sus criaturas siempre que estas pensarán de igual manera. Estaba sufriendo una transformación del ser. Le estaba cambiando el karma por momentos. Su espíritu nunca le dejaba mucho tiempo en el mismo sitio. Un día se sintió indispuesto, se vio obligado a dejar las ciencias  matemáticas de la docencia cinco años después de conseguir la cátedra en Buenos Aires. Sumar dos y dos, le salía veintidós. Le preguntaron sus amistades que haría a partir de ahora, a lo que contesto despectivamente, argumentando que se dirigiría a la guerra de los treinta años, armado hasta los dientes, sin querer saber nada de su pasado, vencer o morir sin retorno. Lleno de incógnitas y desencuentros se metió a político. Imposible hacerse pasar por un revolucionario de salón, o un tertuliano de mesa camilla, acababa siempre fuera de sus casillas y con fuertes jaquecas, juicios, y moratones barios. A parte, siempre que le daba por pensar y recopilar anécdotas para sus obras, comenzó a decir lo que sentía, su verdad interior, lo que le llevo a quemar muchas de sus creaciones. Quemaba más de lo que escribía. Quedó con una fama de pirómano imbécil, difícil de borrar en su currículo de conocidos intelectuales. Creía que todo lo que escribía estaba mal. Tenía que plasmar un ensayo sobre la valentía de ser escritor y no morir en el intento.
Hijo de su época, el hombre abstracto acaba siendo irracional. Cerrar el círculo de las irracionalidades no era sensato. Se sintió por mucho tiempo perdido en un laberinto sin salida, donde le perseguía el mino-tauro de lo incomprensible. Sintiéndose tras estas reflexiones algo indispuesto, fue tratado durante cinco años por los mejores especialistas de la psiquiatría moderna argentina. Tras fuertes tratamientos, revelado por la razón desde el pensamiento, otra vez perseguido por la hoguera de sus vanidades, volvió a hacer más y más grande el montón calcinado de sus escritos, quedando todo el escampado trasero de su granjita de la Pampa en Rojas, un campo de batalla arrasado.
Murió de tristeza en un hospital psiquiátrico por falta de inanición intelectual. Buscar polémica donde no la hay lo mato.
Dicen las malas lenguas que quien más se acordó de la muerte de D. Agustín, fue el loro Marcelo y eso que lo quisieron muchas personas de la alta sociedad, y de la baja suciedad lujuriosa y fiestera.
Colofón explicativo:
Relato inspirado en la vida, entrevistas y frases de Ernesto Sábato. Irónico, intuitivo, incisivo ávido para cortar justo en el sitio deseado, sin llegar a ser punzante molesto. Le dejo este humilde relato, quizás malo e imperfecto al máximo. Igualmente pido perdón al meter matices argentinos que no corresponden a un castellano. Lo creía necesario para darle más autenticidad a la ironía de los pensamientos relatados: “La unidad dentro de una rica diversidad le pertenece al hombre concreto a la que pertenece”. Al romper el matiz de mi castellano natural y de origen, no pretendo molestar a los matices en el dialecto personal y único del argentino. Solo está pensado para acentuar el humor dentro de la ironía de algunos pensamientos que me llaman la atención. Aclaro esto porque en Andalucía, España, hay un dicho que dice: “Te pueden dar una guanta sin mano”. No tengo ganas de ser un franco tirador de nadie, cultura o pueblo, igualmente no llevo un cañón a mis espaldas para hacerme amigos, tampoco ganas de llevarme una guanta inmerecida ante mi atrevimiento pues no está hecho con maldad alguna. Pienso que puede haber una cierta licencia en este sentido si lo pretendido es contar una historia de otro lugar penetrando en su manera de captar las cosas e inquietudes que les rodean, dándole una pizca de mordacidad humorística desde la admiración del ingenio argentino y su gran y rica cultura, que lo es para mí, nada más).